viernes, 1 de abril de 2011
Todo al traste
“A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias”, me dijo feliz. Ella había tenido la idea clara desde el principio: casarse con un hombre rico para vivir en una casa grande, tener niños rápido y, luego, divorcio exprés (diferencias irreconciliables). A él le dolía el bolsillo cada vez que tenía que pasarle la pensión cada mes. Pero la situación cambió: él encontró unas cartas, documentación que mostraba que ella lo tenía todo calculado. Y las estrategias de la mujer, su exmujer, se habían chafado. Ella ni se lo imaginaba. Todo se le había ido al traste.
jueves, 17 de marzo de 2011
Amargor
Con este amargor tan extraño en la boca sigo mirando al frente. Sé que otro golpe va a llegar pero no sé por dónde. No veo bien. El boxeo es un deporte duro y yo no era consciente: empecé a practicarlo por saber cómo era, por liberar tensiones, por probar algo nuevo. Y no puedo dejarlo, no ahora. Estamos en el ring: mi adversario y yo. Evito su mirada pero él me controla. Es rápido, mucho, y yo un enclenque a su lado. Espero el golpe, me viene de frente y no puedo esquivarlo. Caigo al suelo. Se acabó. No recuerdo más.
Poco mal
Son las 8. Planes del día: desayunar, hacer la cama, pasear, comer, siesta, seguir con la novela, pasear, cenar, descansar en el sofá e ir a dormir. Sí, todo bajo control. Bajo a la cocina, me sirvo la leche, cojo las galletas y desayuno.
Subo arriba, me lavo los dientes y me visto. No sé qué me pasa… me tumbo. Se me va la cabeza. Cinco minutos y ya. Estoy mejor. ¿Qué hora es? Tengo hambre y sueño. Es la hora de la siesta. Me tumbo. Llaman por teléfono. Vuelven a llamar.
“Hola, hija. Hoy estoy estupendamente, otro día a lo mejor me pasa algo, pero hoy no. Un beso”, cuelgo. Y me vuelvo a tumbar. Tengo sueño. Son las doce de la mañana, pero creo que son las cuatro.
Se oye la puerta. Entra mi hijo y hablamos. Nota algo, yo no soy consciente. Esa tarde me voy a vivir con él. Sé que es por mi bien. Él se va y yo no sé lo que hago. Abro la puerta de la calle y me caigo.
Sí, hija, sí. Hoy estaba estupendamente, pero ya no. Poco mal y buena muerte, eso quería y eso tengo. Os quiero.
Subo arriba, me lavo los dientes y me visto. No sé qué me pasa… me tumbo. Se me va la cabeza. Cinco minutos y ya. Estoy mejor. ¿Qué hora es? Tengo hambre y sueño. Es la hora de la siesta. Me tumbo. Llaman por teléfono. Vuelven a llamar.
“Hola, hija. Hoy estoy estupendamente, otro día a lo mejor me pasa algo, pero hoy no. Un beso”, cuelgo. Y me vuelvo a tumbar. Tengo sueño. Son las doce de la mañana, pero creo que son las cuatro.
Se oye la puerta. Entra mi hijo y hablamos. Nota algo, yo no soy consciente. Esa tarde me voy a vivir con él. Sé que es por mi bien. Él se va y yo no sé lo que hago. Abro la puerta de la calle y me caigo.
Sí, hija, sí. Hoy estaba estupendamente, pero ya no. Poco mal y buena muerte, eso quería y eso tengo. Os quiero.
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