Era un sitio espectacular. E iba con él. Mi abuelito siempre me llevaba a los sitios más molones del mundo. Era un senderito entre árboles, con hojas en el suelo. Marrones y amarillas. Resplandecientes. Crujientes. El agua corriendo por los laterales y cayendo sobre nuestras capuchas desde los árboles. El cielo gris. El amanecer acechando. Llevaba mis botas de agua y el chubasquero. A él le tapaba una capa enorme. A nuestras espaldas, unas mochilas con unos bocatas y unas cantimploras (y un cacho de chocolate que había encontrado en un cajón en la cocina). La linterna en la mano hasta que saliese el sol. Y el tiempo. Teníamos todo el día para caminar sobre ese sitio de cuento.
Y, mientras caminábamos cantando, lo vi. Saltó de un arbusto a mi lado y corrió delante de mí, cruzando el camino, y se metió en un agujero de uno de los árboles al otro lado. Se me abrió la boca. Mucho. No había visto nunca uno.
Miré a mi abu y le pregunté, chillando, si era lo que yo creía. "¡¡¿¿Un gamusino??!!" Había ido muchos días en el pueblo a cazar y no había visto nunca ninguno y acababa de pasar por delante de mí.
Ágil. Peludo. Con cola larga. Ojos vivarachos. Y hocico de gato. Patas que corrían un montón. Y saltaba. ¡Vaya salto pegó!
Fui corriendo al agujero a mirar. Me agarré al borde y, de puntillas, escudriñé dentro. No vi nada.
Mi abuelo vino y me aupó. Así veía mejor. Pero nada. Ya no estaba. No sé qué hizo. Cómo desapareció. Fue increíble. Lo había visto. Delante de mí. Tan bonito. Tan misterioso. Tan difícil de encontrar. ¡Y había visto uno!
Tuve una sonrisa en la boca todo el día. No dejé de contarle cómo me había saltado casi encima, cómo casi le había tocado y cómo corría. Cómo iba a salir otra noche a cazarlos solo para verlo de nuevo.
Cuando llegamos a casa se lo conté a todos. Les dije que lo había acariciado y que me había mirado desde el agujero. Les conté cómo se paró en medio del camino y nos miró mientras se rascaba el hocico.
Sigo acordándome del gamusino. De ese día de cuento. De cómo mi abuelo nunca me dijo que había sido una gineta. Que los gamusinos no existen. Pero ese día fui feliz. Y en algún momento aprendí que la imaginación nos puede llevar a sitios que nunca fueron pero que sin ella no vamos a ningún lado. Y sigo acordándome del gamusino. Porque, a mis taitantos, sigo creyendo en los gamusinos. En ese gamusino.
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lunes, 29 de octubre de 2018
viernes, 29 de junio de 2018
Con la raja de su falda
Volvía de dar un paseo y me la encontré. Colgada como un saco de patatas enganchada por la falda en la valla del jardín y la cara a medio metro de partírsela contra el suelo. Me vio y sonrió: "¡Abuelito!"
Me acerqué intentando transmitir tranquilidad para que no se moviera mucho y no terminara de caerse pero ella estaba tan pichi colgando. "¿Me ayudas, porfitas? No puedo soltarme. Me subí por dentro, por los rosales, e intenté dar un salto muy grande desde la columna a la acera pero no me acordaba de la falda y llevo un rato colgando y me quiero ir a jugar".
La sujeté y la descolgué. En cuanto puso los pies en el suelo salió corriendo y se fue a la parte de atrás, desde donde se oían los gritos de sus amigos que estaban jugando al fútbol.
Siempre fue un poco descerebrada. Intrépida y sin miedo. Y espero que siga siendo así aunque ya no esté con ella. Que se atreva con todo pero que sepa poner las manos si va a caerse de morros. Que siga siendo mi pequeña ratoncita que corría enseñando el culo después de rajarse la falda por saltar desde donde no debía. Que siga sin tener miedo a nada. Y, sí lo tiene, que haga las cosas con miedo. Porque entonces, además, será valiente. Una ratoncita valiente.
Me acerqué intentando transmitir tranquilidad para que no se moviera mucho y no terminara de caerse pero ella estaba tan pichi colgando. "¿Me ayudas, porfitas? No puedo soltarme. Me subí por dentro, por los rosales, e intenté dar un salto muy grande desde la columna a la acera pero no me acordaba de la falda y llevo un rato colgando y me quiero ir a jugar".
La sujeté y la descolgué. En cuanto puso los pies en el suelo salió corriendo y se fue a la parte de atrás, desde donde se oían los gritos de sus amigos que estaban jugando al fútbol.
Siempre fue un poco descerebrada. Intrépida y sin miedo. Y espero que siga siendo así aunque ya no esté con ella. Que se atreva con todo pero que sepa poner las manos si va a caerse de morros. Que siga siendo mi pequeña ratoncita que corría enseñando el culo después de rajarse la falda por saltar desde donde no debía. Que siga sin tener miedo a nada. Y, sí lo tiene, que haga las cosas con miedo. Porque entonces, además, será valiente. Una ratoncita valiente.
"Casi todo lo difícil es lo que más merece la pena"
lunes, 25 de junio de 2018
EL viaje de fin de curso
Era la primera vez que viajaba sola. Tenía 18 años recién
cumplidos y era EL viaje. Acabábamos de terminar el instituto y nos esperaba el
último verano sin hacer nada. Pasábamos del colegio a la universidad. Teníamos tres
meses por delante para disfrutar después de los agobios de los cuatro últimos
años: BUP y COU, la selectividad, las decisiones de qué queríamos ser de
mayores, las primeras salidas nocturnas, los problemas de la adolescencia, la
presión de la responsabilidad, los exámenes...
Pero esto había acabado. Aquel 24 de junio comenzaba nuestro
verano.
Habíamos quedado a las 6.30 en la estación de autobuses para
emprender la aventura. 8 o 9 horas de autobús no eran nada para lo que nos
esperaba.
Hasta Ávila muchos fuimos durmiendo. Los que aguantaron
despiertos se contaban la vida de los últimos dos días y también aprovechaban para hacer alguna foto a los que estaban con la boca abierta y la baba cayendo
por la comisura de los labios. Alguno daba cabezazos sobre un cojín pequeño que
había metido en la mochila y otros escuchaban los últimos éxitos en el walkman.
Pero, al hacer la parada abulense, todo cambió. Ninguno siguió durmiendo y
empezamos a disfrutar de nuestro viaje. Nos colocamos de la manera más parecida a un círculo que nos
permitían los asientos y comenzamos.
Hicimos un recorrido a través del tiempo, de nuestra
historia. Cuatro años de amigos del colegio, de anécdotas de clase, de amoríos
entre compañeros, de vueltas a casa a mediodía, de salidas nocturnas y de
paseos por el parque. Cuando ya no se nos ocurrían más anécdotas, jugamos a la
botella y al conejo de la suerte. Juegos de colegio en un autobús, donde daba
más emoción.
Cantamos. Cantamos y mucho. No solo canciones de la época,
también del pasado: canciones de campamento, canciones de los 80 y alguna que
nos acordábamos de principios de los 90. Y volvimos a jugar: beso, verdad o
atrevimiento. Y recordamos más anécdotas de esos años. Nos reímos de las
chorradas. Y lloramos porque todo se hubiera acabado. Porque cada uno íbamos a
estudiar una carrera y nos íbamos a separar. Pero al momento nos daba igual.
En las paradas hasta llegar a Benidorm bajábamos y
saltábamos agarrados como una piña, y volvíamos a reír. Y subíamos de nuevo,
continuando nuestra aventura. Y, sin darnos cuenta, el autobús se detuvo, en su
última parada del viaje. Salamanca - Benidorm.
Nos esperaban 7 días de vacaciones. Solos. Sin padres. Sin
preocupaciones. Sin estudios. Sin responsabilidades. 7 días de los 3 meses que
nos quedaban por delante.
Ese viaje, que comenzó en autobús, continuaba en tierra
firme. Sin ruedas. Sin movimiento. Pero seguía. Hasta que, en 168 horas,
cogiéramos el bus de vuelta. 168 horas para nosotros. Lo que pasara en
Benidorm, se quedaría en Benidorm. Y en el habitáculo del bus a Salamanca
donde, seguro, recordaríamos todos los detalles de ese primer viaje. De NUESTRO
viaje.
lunes, 23 de abril de 2018
¿Me cuentas un cuento, abuelito?
Ese era mi momento favorito. Cada vez que iba a su casa, las noches eran especiales. Me sentaba con él en la cama, cogía un libro del salón, se lo daba, y me contaba un cuento.
Daba igual el volumen que cogiera, el cuento siempre era diferente. Siempre tenía uno preparado.
Me contaba historias de príncipes y principesas, de dragones y mazmorras, de cuevas y ladrones. Se disfrazaba con la manta para parecer una bruja, simulaba luchas entre gladiadores y leones y paseaba por la habitación mientras recorría 100 leguas siguiendo miguitas de pan. Me contó la historia de Coki, el rey del corral, y de los Trotamúsicos. Viajamos en submarino, visitamos la luna en cohete y salimos a buscar miles y miles de gamusinos.
Con sus cuentos visité más de 100 países, pasée por decenas de playas y vi cientos de atardeceres mientras el viento me revolvía el pelo.
Gracias a sus cuentos mi imaginación tenía vida propia. Gracias a esas noches quería aprender a leer, muy rápido. Quería haber aprendido a leer ayer. Aprendí a leer en voz alta y moviendo las manos con los signos de las letras, a gran velocidad, para pasar rápido de página y saber qué pasaba en el libro que tenía entre manos.
Leía en la cama. Leía en el sofá. Leía en el baño. Leía y leía.
Imaginaba la vida en otros países. Investigaba con Los Cinco. Vivía aventuras con Puk. Estudiaba en internados en Inglaterra a principios del siglo XX. Compartí la vida con los gorilas en centros de investigación de la selva africana. Daba la vuelta al mundo en 80 días. Sabía todo sobre la gallina. Y aprendía cosas sobre el lobo. Cogía un avión que me llevaba a un rancho de Texas y de ahí iba en furgo a Alaska y bajaba en bicicleta a Usuhaia.
Me encantaban las historias. Sus historias. Él me contaba los cuentos y yo los adornaba. Él me leía y yo imaginaba.
Por esas noches de cuentos, leo, leo y leo. Leo porque me gusta. Leo para aprender. Leo para imaginar. Leo para viajar. Leo para olvidar. Y también leo para recordar. Leo para vivir. Leo para pintar en mi cabeza el mundo de los colores que quiero. Porque con él aprendí que leer es soñar con los ojos abiertos.
Daba igual el volumen que cogiera, el cuento siempre era diferente. Siempre tenía uno preparado.
Me contaba historias de príncipes y principesas, de dragones y mazmorras, de cuevas y ladrones. Se disfrazaba con la manta para parecer una bruja, simulaba luchas entre gladiadores y leones y paseaba por la habitación mientras recorría 100 leguas siguiendo miguitas de pan. Me contó la historia de Coki, el rey del corral, y de los Trotamúsicos. Viajamos en submarino, visitamos la luna en cohete y salimos a buscar miles y miles de gamusinos.
Con sus cuentos visité más de 100 países, pasée por decenas de playas y vi cientos de atardeceres mientras el viento me revolvía el pelo.
Gracias a sus cuentos mi imaginación tenía vida propia. Gracias a esas noches quería aprender a leer, muy rápido. Quería haber aprendido a leer ayer. Aprendí a leer en voz alta y moviendo las manos con los signos de las letras, a gran velocidad, para pasar rápido de página y saber qué pasaba en el libro que tenía entre manos.
Leía en la cama. Leía en el sofá. Leía en el baño. Leía y leía.
Imaginaba la vida en otros países. Investigaba con Los Cinco. Vivía aventuras con Puk. Estudiaba en internados en Inglaterra a principios del siglo XX. Compartí la vida con los gorilas en centros de investigación de la selva africana. Daba la vuelta al mundo en 80 días. Sabía todo sobre la gallina. Y aprendía cosas sobre el lobo. Cogía un avión que me llevaba a un rancho de Texas y de ahí iba en furgo a Alaska y bajaba en bicicleta a Usuhaia.
Me encantaban las historias. Sus historias. Él me contaba los cuentos y yo los adornaba. Él me leía y yo imaginaba.
Por esas noches de cuentos, leo, leo y leo. Leo porque me gusta. Leo para aprender. Leo para imaginar. Leo para viajar. Leo para olvidar. Y también leo para recordar. Leo para vivir. Leo para pintar en mi cabeza el mundo de los colores que quiero. Porque con él aprendí que leer es soñar con los ojos abiertos.
lunes, 16 de abril de 2018
¿Sabes cómo se dibuja un sol?
"Abuelo, ¿sabes lo que me ha pasado hoy?", me dijo mientras pintaba en un folio.
"¿En el cole?", le contesté mientras ojeaba una página del periódico.
"No, en el cole hoy. En clase no ha pasado nada. Solo que en el recreo jugamos al pilla-pilla y me la quedé mucho rato. Sergio corría mucho y no le pillé ni una vez", comentó en voz baja mientras seguía dibujando, cambiando de un color a otro. Miré su obra de arte: creo que estaba intentando dibujar un sol pero plasmar algo en un papel no es un don de esta familia, aunque a él se le daba mejor que a mí, desde luego.
Al cabo de unos minutos, empezó a contarme una historia: "En el parque antes, abuelo, en el tobogán. Vino el niño del chándal del fútbol. Nos habíamos enfadado porque un día me empujó y me caí. ¿Ves esta costra?" - dijo mientras se señalaba un codo raspado - "Fue su culpa. Pero hoy ha venido a jugar conmigo. Y me ha dado un poco de su chocolatina. Así que creo que ya somos amigos de nuevo".
Y nada más. Así acabó la conversación ese día. Y así se zanjó el tema.
Unos días más tarde me fijé con quién jugaba en el parque: su nuevo más mejor amigo era el niño del chándal. Corrían por todos lados, jugaban al escondite y se tiraban globos de agua.
Con él aprendo las cosas importantes que nos rodean. Olvidar lo que no sirve para nada, el pasado que ya no podemos cambiar. Sonreír y disfrutar de cada momento con la eternidad que dura. Correr en el parque. Recibir el aire en la cara mientras deslizas tobogán abajo. Y a dibujar soles: siempre con ojos y una enorme sonrisa.
"¿En el cole?", le contesté mientras ojeaba una página del periódico.
"No, en el cole hoy. En clase no ha pasado nada. Solo que en el recreo jugamos al pilla-pilla y me la quedé mucho rato. Sergio corría mucho y no le pillé ni una vez", comentó en voz baja mientras seguía dibujando, cambiando de un color a otro. Miré su obra de arte: creo que estaba intentando dibujar un sol pero plasmar algo en un papel no es un don de esta familia, aunque a él se le daba mejor que a mí, desde luego.
Al cabo de unos minutos, empezó a contarme una historia: "En el parque antes, abuelo, en el tobogán. Vino el niño del chándal del fútbol. Nos habíamos enfadado porque un día me empujó y me caí. ¿Ves esta costra?" - dijo mientras se señalaba un codo raspado - "Fue su culpa. Pero hoy ha venido a jugar conmigo. Y me ha dado un poco de su chocolatina. Así que creo que ya somos amigos de nuevo".
Y nada más. Así acabó la conversación ese día. Y así se zanjó el tema.
Unos días más tarde me fijé con quién jugaba en el parque: su nuevo más mejor amigo era el niño del chándal. Corrían por todos lados, jugaban al escondite y se tiraban globos de agua.
Con él aprendo las cosas importantes que nos rodean. Olvidar lo que no sirve para nada, el pasado que ya no podemos cambiar. Sonreír y disfrutar de cada momento con la eternidad que dura. Correr en el parque. Recibir el aire en la cara mientras deslizas tobogán abajo. Y a dibujar soles: siempre con ojos y una enorme sonrisa.
miércoles, 7 de febrero de 2018
El ímpetu del primer salto
Ese día estaba nervioso. Muy nervioso. Me levanté con un ansia contenida en el pecho y salí a dar una vuelta para que me diera el fresco en la cara. Era febrero así que un airecillo fresco me ponía coloradas las mejillas.
Cuando volví al calor de la chimenea me lo dijeron: era el día. Lo sabía. Lo había notado desde que me levanté. Cogí los bártulos que tenía preparados, agarré a Margara del brazo y nos fuimos a la cochera. En media hora estábamos allí, expectantes.
Habían pasado seis meses desde que nos lo dijeron. ¡Nuestra hija iba a tener un hijo! Parecía ayer cuando la acunábamos a ella, sin saber cómo hacer las cosas, aprendiendo todo desde cero, mirando su carita expresiva e intentando saber qué quería cuando lloraba o cuando nos sonreía. Y ahora ella iba a ser la que iba a vivir esa experiencia.
Esos meses habían sido increíbles. Ver cómo le crecía la barriga, notar los movimientos de Lucía, poner la mano y sentir sus pies, sus manos...
Sentía que la conocía ya. Sabía cómo iba a ser todo: qué haría y cómo pasaría. El proceso iba a ser largo, no lo iba a poner fácil, pero saldría con ímpetu y con ganas de hacer cosas. Iba a ser una persona inquieta y eso lo íbamos a ver desde el principio. Querría conocer todo. Sería risueña y nos encandilaría con su sonrisa desde el principio.
No me confundí ni un poquito. Lucía vino al mundo de un salto. Y siguió saltando siempre. Llegó sin llorar y con una mueca-sonrisa dibujada en la boca.
En cuanto la vi, sentí que sabía todo sobre ella. La reconocería siempre. Fuimos con ella a una sala con más recién nacidos y vi dónde la colocaban. Segunda fila, tercera por la izquierda.
Ese día, de nervios contenidos, hicimos de anfitriones. Margara y yo. Hinchados de orgullo. Recibíamos, saludábamos y les contábamos cómo había llegado de un salto.
Los más intrépidos querían conocerla. Solo a ellos, les llevábamos a la sala con todos los niños, durmiendo boca abajo.
Cuando fuimos con mi cuñada, señalé a Lucía. Sorprendida me dijo: '¿¡Hasta por el culo la conoces ya!?'.
Segunda fila, tercera por la izquierda. Y sí, por el culo la conocía ya. Sabía todo de ella. Hasta sabía que iba a nacer saltando.
Cuando volví al calor de la chimenea me lo dijeron: era el día. Lo sabía. Lo había notado desde que me levanté. Cogí los bártulos que tenía preparados, agarré a Margara del brazo y nos fuimos a la cochera. En media hora estábamos allí, expectantes.
Habían pasado seis meses desde que nos lo dijeron. ¡Nuestra hija iba a tener un hijo! Parecía ayer cuando la acunábamos a ella, sin saber cómo hacer las cosas, aprendiendo todo desde cero, mirando su carita expresiva e intentando saber qué quería cuando lloraba o cuando nos sonreía. Y ahora ella iba a ser la que iba a vivir esa experiencia.
Esos meses habían sido increíbles. Ver cómo le crecía la barriga, notar los movimientos de Lucía, poner la mano y sentir sus pies, sus manos...
Sentía que la conocía ya. Sabía cómo iba a ser todo: qué haría y cómo pasaría. El proceso iba a ser largo, no lo iba a poner fácil, pero saldría con ímpetu y con ganas de hacer cosas. Iba a ser una persona inquieta y eso lo íbamos a ver desde el principio. Querría conocer todo. Sería risueña y nos encandilaría con su sonrisa desde el principio.
No me confundí ni un poquito. Lucía vino al mundo de un salto. Y siguió saltando siempre. Llegó sin llorar y con una mueca-sonrisa dibujada en la boca.
En cuanto la vi, sentí que sabía todo sobre ella. La reconocería siempre. Fuimos con ella a una sala con más recién nacidos y vi dónde la colocaban. Segunda fila, tercera por la izquierda.
Ese día, de nervios contenidos, hicimos de anfitriones. Margara y yo. Hinchados de orgullo. Recibíamos, saludábamos y les contábamos cómo había llegado de un salto.
Los más intrépidos querían conocerla. Solo a ellos, les llevábamos a la sala con todos los niños, durmiendo boca abajo.
Cuando fuimos con mi cuñada, señalé a Lucía. Sorprendida me dijo: '¿¡Hasta por el culo la conoces ya!?'.
Segunda fila, tercera por la izquierda. Y sí, por el culo la conocía ya. Sabía todo de ella. Hasta sabía que iba a nacer saltando.
lunes, 5 de febrero de 2018
Nariz roja y un manto blanco sobre los hombros
¡Nieva! Estaba tan relajado, tomándome un café con leche, y, cuando me acerqué a la ventana, vi que caían copos gigantes, con mucha fuerza, y que el suelo empezaba a cubrirse.
Fui hacia la cocina, unté unas galletas en el café y pensé que lo bueno de no trabajar ya era que podía irme de paseo en cualquier momento. Y que eso era lo que iba a hacer.
Cogí el teléfono y llamé a su casa. Quedé en 1 hora allí. Con un poco de suerte, el suelo ya estaría blanco. A las 11 pasé por allí para recoger a Lucía. ¡Hay abrazos que te calientan el alma y Lucía era experta en darlos!
Hinchado de orgullo caminaba con ella de la mano, dando saltitos, mientras se le ponía la nariz roja y el gorro se iba cubriendo de blanco. "Abuelito, abuelito, ¡está nevando!". La sonrisa que tenía en la cara reflejaba solo una parte de lo contenta que estaba. ¿Habrá una razón científica para que la nieve ilumine tanto la mirada de un niño?
Después de 10 minutos de paseo, llegamos al parque. Los columpios, blancos. Los árboles, blancos. La arena, totalmente cubierta por la nieve. En un lateral se había acumulado la nieve más de lo normal y fuimos corriendo hacia allí. Lucía hizo una pseudo bolita y me la tiró. Yo hice otra pseudo bolita y se la lancé. Con la nieve cubriéndonos los hombros, nos pusimos a recoger toda la que pudimos para hacer un pequeño muñeco de nieve.
Mejillas sonrosadas. Sonrisa blanca. Manos rojas. Gorro blanco. Abrazos grandiosos. Esto es lo que yo llamo pasar un día estupendo.
Fui hacia la cocina, unté unas galletas en el café y pensé que lo bueno de no trabajar ya era que podía irme de paseo en cualquier momento. Y que eso era lo que iba a hacer.
Cogí el teléfono y llamé a su casa. Quedé en 1 hora allí. Con un poco de suerte, el suelo ya estaría blanco. A las 11 pasé por allí para recoger a Lucía. ¡Hay abrazos que te calientan el alma y Lucía era experta en darlos!
Hinchado de orgullo caminaba con ella de la mano, dando saltitos, mientras se le ponía la nariz roja y el gorro se iba cubriendo de blanco. "Abuelito, abuelito, ¡está nevando!". La sonrisa que tenía en la cara reflejaba solo una parte de lo contenta que estaba. ¿Habrá una razón científica para que la nieve ilumine tanto la mirada de un niño?
Después de 10 minutos de paseo, llegamos al parque. Los columpios, blancos. Los árboles, blancos. La arena, totalmente cubierta por la nieve. En un lateral se había acumulado la nieve más de lo normal y fuimos corriendo hacia allí. Lucía hizo una pseudo bolita y me la tiró. Yo hice otra pseudo bolita y se la lancé. Con la nieve cubriéndonos los hombros, nos pusimos a recoger toda la que pudimos para hacer un pequeño muñeco de nieve.
Mejillas sonrosadas. Sonrisa blanca. Manos rojas. Gorro blanco. Abrazos grandiosos. Esto es lo que yo llamo pasar un día estupendo.
martes, 30 de enero de 2018
¿Dónde está todo el forosforo de la pesca?
Mi abuela es la mejor cocinera del mundo. He probado comida de muchas abuelas pero ella hace el cabrito como nadie más que conozco. Me encanta comerlo con los dedos, relamiendo y buscando cualquier trocito de carne que quede entre los huesos.
Normalmente lo comemos en Navidad pero a veces le pedimos que nos lo haga otros días también. Cuando se lo decimos, va al súper y vuelve cargada con una bolsa que tiene pinta de pesar un montón. Se pone el mandil, se encierra en la cocina y para cenar tenemos la mejor comida del mundo.
A veces me cuesta comérmelo porque luego estoy empazonado un rato. Pero, aun así, merece la pena.
Si te digo la verdad, la verdad de la buena, es la mejor cocinera de cabrito. Otras cosas no le salen tan ricas. Pero a ella no se lo voy a decir.
Hubo un día, cuando era pequeño, tendría un año o dos, que me puso pesca. Pesca cocida. Sin mayonesa ni nada. No sé, pensaría que tenía los dientes pequeños y no podía morder todavía. Llegué con toda la ilusión de pasar el día con abuelita, jugando al balón y persiguiéndola por el pasillo, cenar con ella y dormir acurrucado en el sofá... y va y me pone pesca cocida para cenar. Y no la cola del pescadito. No. La cabeza, con ojitos y todo, porque era lo más rico y donde estaba todo el forosforo (o algo así dijo. Empezaba por f seguro).
A mí, que era pequeño, no me gustó nada. Ahora que ya soy mayor (tengo siete años para ocho) a lo mejor me gustaría más. De todas maneras, prefiero el cabrito.
La próxima vez que vaya a su casa le voy a preguntar qué hay de cena. Si hay pesca cocida, creo que me dolerá mucho la barriga y me quedaré en casa. Comeré pesca igual, pero al menos mi madre no me dará la cabeza.
Normalmente lo comemos en Navidad pero a veces le pedimos que nos lo haga otros días también. Cuando se lo decimos, va al súper y vuelve cargada con una bolsa que tiene pinta de pesar un montón. Se pone el mandil, se encierra en la cocina y para cenar tenemos la mejor comida del mundo.
A veces me cuesta comérmelo porque luego estoy empazonado un rato. Pero, aun así, merece la pena.
Si te digo la verdad, la verdad de la buena, es la mejor cocinera de cabrito. Otras cosas no le salen tan ricas. Pero a ella no se lo voy a decir.
Hubo un día, cuando era pequeño, tendría un año o dos, que me puso pesca. Pesca cocida. Sin mayonesa ni nada. No sé, pensaría que tenía los dientes pequeños y no podía morder todavía. Llegué con toda la ilusión de pasar el día con abuelita, jugando al balón y persiguiéndola por el pasillo, cenar con ella y dormir acurrucado en el sofá... y va y me pone pesca cocida para cenar. Y no la cola del pescadito. No. La cabeza, con ojitos y todo, porque era lo más rico y donde estaba todo el forosforo (o algo así dijo. Empezaba por f seguro).
A mí, que era pequeño, no me gustó nada. Ahora que ya soy mayor (tengo siete años para ocho) a lo mejor me gustaría más. De todas maneras, prefiero el cabrito.
La próxima vez que vaya a su casa le voy a preguntar qué hay de cena. Si hay pesca cocida, creo que me dolerá mucho la barriga y me quedaré en casa. Comeré pesca igual, pero al menos mi madre no me dará la cabeza.
martes, 23 de enero de 2018
Y, de un salto, ¡al suelo!
Me llamo Félix. Tengo 75 años. Y soy un abuelo. Mejor dicho, un abuelito. Hace unos años, unos cuantos ya, me hice abuelo. Bueno, no me lo hice yo solito. Fue gracias a mi hija. Ella me hizo abuelo. Ahí comenzó mi nuevo rol.
A lo largo de mi vida he sido muchas cosas: bebé, niño, adolescente, jovencito, adulto, amigo, amante, novio, marido, padre, trabajador, voluntario, jubilado... y abuelo. Bueno, fui abuelo antes que jubilado, pero me gusta más ser abuelito sin tener que poner el despertador para ir a trabajar.
Recuerdo ese día como si fuera ayer. Seguramente para mi nieto fuera ayer, porque con 7 años que tiene, el tiempo pasa de otra manera. Fue un sábado. Era un día de invierno, de los de frío, de llevar gorro y guantes y echar humo por la boca. Como diría él: "Hacía mucho frío. Del de verdad".
Esa mañana me levanté, desayuné, me vestí y salí a la calle, a pasear. En casa de mi hija, él hacía lo mismo, pero acompañado por dibujos animados en la tele. Cuando yo volvía a casa, él ya estaba vestido. Y cuando sonó el teléfono para que le fuera a buscar y le llevara al parque, los dos estábamos listos.
Abrigo, gorro, bufanda y al frío. Pasé a recogerle y nos fuimos todo lo rápido que daban sus piernas al parque. Llegamos en nada, aunque a él se le hizo un mundo porque tenía muchas ganas de ir a ver a los patos. Y allí estaban. Con el agua medio congelada pero ellos nadaban como si nada. Dimos una vuelta al laguito y fuimos a los columpios. Allí había muchos más niños, de su edad, corriendo, saltando, cayendo, subiendo y bajando por el tobogán (sí, digo bien, no por las escaleras, sino por el tobogán).
Me senté en un banco y me puse a mirarles. El tiempo se pasaba volando. Les veía sonreír mientras hablaban de sus cosas. Se cedían el paso para subir a los columpios o se colaban unos delante de otros. La infancia era tan bonita y tan rápida que esperaba que ese momento fuera para siempre. Y, de repente, pasó. Ahí estaba. Subido en lo alto del tobogán y, en un segundo, estaba en el suelo. No he visto en toda mi vida caer a nadie tan rápido. Juraría que no había resbalinado siquiera. Creo que llegó al suelo desde lo alto del tobogán.
De un brinco me puse en pie y fui hacia él. Lloraba. Mi pobre nieto lloraba como si no hubiera mañana. Le abracé y le di un beso en la cabeza mientras le decía que solo había sido un susto. Pero no había nada que le consolara. Seguía llorando mientras a mí me dolía el cuerpo del golpe que se había pegado él. Tras dos minutos de intensas lágrimas conseguí que se pusiera en pie, le di la mano y fuimos andando. Los mocos le caían por las mejillas, mezclados con el agua salada.
Salimos del parque y fuimos hacia el lago. Las lágrimas ya se le habían secado. Un pato se acercó a nosotros y saqué un trozo de pan del bolsillo (los abuelitos estamos preparados para todo). Se lo puse en las manos mientras le limpiaba las mejillas y, sonriente ya, se lo acercó al pico para que comiera.
De camino a casa, no había ni rastro de la caída. Ni rasguños ni lloros. Él no se acordaba de nada. A mí me seguía doliendo el cuerpo entero.
Creo que ser abuelo es el mejor trabajo. Aunque a veces sufres cuando tu nieto aterriza, merece la pena. Si vuelve a caerse, intentaré estar debajo para sujetarle. Aunque no puedo prometer nada. Fue todo muy rápido. Visto y no visto. Yo creo que saltó.
A lo largo de mi vida he sido muchas cosas: bebé, niño, adolescente, jovencito, adulto, amigo, amante, novio, marido, padre, trabajador, voluntario, jubilado... y abuelo. Bueno, fui abuelo antes que jubilado, pero me gusta más ser abuelito sin tener que poner el despertador para ir a trabajar.
Recuerdo ese día como si fuera ayer. Seguramente para mi nieto fuera ayer, porque con 7 años que tiene, el tiempo pasa de otra manera. Fue un sábado. Era un día de invierno, de los de frío, de llevar gorro y guantes y echar humo por la boca. Como diría él: "Hacía mucho frío. Del de verdad".
Esa mañana me levanté, desayuné, me vestí y salí a la calle, a pasear. En casa de mi hija, él hacía lo mismo, pero acompañado por dibujos animados en la tele. Cuando yo volvía a casa, él ya estaba vestido. Y cuando sonó el teléfono para que le fuera a buscar y le llevara al parque, los dos estábamos listos.
Abrigo, gorro, bufanda y al frío. Pasé a recogerle y nos fuimos todo lo rápido que daban sus piernas al parque. Llegamos en nada, aunque a él se le hizo un mundo porque tenía muchas ganas de ir a ver a los patos. Y allí estaban. Con el agua medio congelada pero ellos nadaban como si nada. Dimos una vuelta al laguito y fuimos a los columpios. Allí había muchos más niños, de su edad, corriendo, saltando, cayendo, subiendo y bajando por el tobogán (sí, digo bien, no por las escaleras, sino por el tobogán).
Me senté en un banco y me puse a mirarles. El tiempo se pasaba volando. Les veía sonreír mientras hablaban de sus cosas. Se cedían el paso para subir a los columpios o se colaban unos delante de otros. La infancia era tan bonita y tan rápida que esperaba que ese momento fuera para siempre. Y, de repente, pasó. Ahí estaba. Subido en lo alto del tobogán y, en un segundo, estaba en el suelo. No he visto en toda mi vida caer a nadie tan rápido. Juraría que no había resbalinado siquiera. Creo que llegó al suelo desde lo alto del tobogán.
De un brinco me puse en pie y fui hacia él. Lloraba. Mi pobre nieto lloraba como si no hubiera mañana. Le abracé y le di un beso en la cabeza mientras le decía que solo había sido un susto. Pero no había nada que le consolara. Seguía llorando mientras a mí me dolía el cuerpo del golpe que se había pegado él. Tras dos minutos de intensas lágrimas conseguí que se pusiera en pie, le di la mano y fuimos andando. Los mocos le caían por las mejillas, mezclados con el agua salada.
Salimos del parque y fuimos hacia el lago. Las lágrimas ya se le habían secado. Un pato se acercó a nosotros y saqué un trozo de pan del bolsillo (los abuelitos estamos preparados para todo). Se lo puse en las manos mientras le limpiaba las mejillas y, sonriente ya, se lo acercó al pico para que comiera.
De camino a casa, no había ni rastro de la caída. Ni rasguños ni lloros. Él no se acordaba de nada. A mí me seguía doliendo el cuerpo entero.
Creo que ser abuelo es el mejor trabajo. Aunque a veces sufres cuando tu nieto aterriza, merece la pena. Si vuelve a caerse, intentaré estar debajo para sujetarle. Aunque no puedo prometer nada. Fue todo muy rápido. Visto y no visto. Yo creo que saltó.
miércoles, 17 de enero de 2018
Mi abuelo y el Ratón
¡Hola! Soy Lucía. Tengo 8 años para 9. Ya tengo los paletos de los dientes de mayores y se me mueve un colmillo. A Miriam, mi compi de pupitre, se le han caído ya dos, así que a mí no creo que me falte mucho. Todas las noches lo meneo para delante y para detrás a ver si así se cae antes.
En el cole tengo algunos amigos que ya no tienen ningún diente de leche. O eso me dicen. No sé si será verdad. Pero bueno, me da un poco igual, porque en un mes ya no tendré este colmillo. Si no se me cae solo, le voy a poner un cordel alrededor, lo ataré a la manilla de una puerta y la cerraré de golpe.
Mi abuelo dice que no haga eso. Él sabe mucho de dientes. Cuando era más pequeña, él me quitó uno. Me sentó en la tapa del water, me echó la cabeza para atrás y, sin hacerme daño, me lo quitó. No sé cuál era. Creo que el más grande de arriba.
Esa noche, abuelito me acompañó a dormir porque estaba en su casa. Se sentó a los pies de la cama y, después de hacer la señal de la cruz, me dio un papelito enroscado, con el diente dentro, limpito. Me dijo que lo metiera debajo de la almohada, que él ya había hablado con el Ratoncito Pérez, y que si me dormía rápido y no me levantaba hasta las 8, aunque me hiciera mucho pis, me iba a dejar un paquetito o cinco duros.
En cuanto entornó la puerta para que no me diera la luz de la cocina en los ojos, me dormí. Y soñé con minas de dientes. Había muchos ratoncitos con botas grande y palas. Y también había unos cestos con paquetitos. A la mañana siguiente, asomé la nariz por la puerta para ver qué hora era. La aguja pequeña marcaba las 7 y me volví a la cama. No quería desobedecer al ratoncito. Y a mi abuelo menos.
Di unas vueltas en la cama, me conté un cuento que me sabía y me levanté de nuevo. La aguja ya estaba en el 8 y fui corriendo a hacer pis. Volví rápidamente y miré debajo de la almohada: había un paquetito, como los que había visto en mi sueño. Lo abrí. Y me fui a la cama de mis abuelos.
De un salto, me metí entre ellos mientras les enseñaba mi caja de pinturas nueva: era las que quería para terminar mi cuaderno de dibujo. ¡Qué listos el ratón y mi abuelo!
Así que, con el colmillo, tengo dos opciones. O tirar del cordel o avisar a mi abuelo. Si voy a su casa, le diré que me ayude.
Él sabe mucho de dientes. Y, además, conoce al Ratoncito Pérez. Creo que me lo quitará mi abuelo y usaré la técnica del cordel para mi primera muela.
En el cole tengo algunos amigos que ya no tienen ningún diente de leche. O eso me dicen. No sé si será verdad. Pero bueno, me da un poco igual, porque en un mes ya no tendré este colmillo. Si no se me cae solo, le voy a poner un cordel alrededor, lo ataré a la manilla de una puerta y la cerraré de golpe.
Mi abuelo dice que no haga eso. Él sabe mucho de dientes. Cuando era más pequeña, él me quitó uno. Me sentó en la tapa del water, me echó la cabeza para atrás y, sin hacerme daño, me lo quitó. No sé cuál era. Creo que el más grande de arriba.
Esa noche, abuelito me acompañó a dormir porque estaba en su casa. Se sentó a los pies de la cama y, después de hacer la señal de la cruz, me dio un papelito enroscado, con el diente dentro, limpito. Me dijo que lo metiera debajo de la almohada, que él ya había hablado con el Ratoncito Pérez, y que si me dormía rápido y no me levantaba hasta las 8, aunque me hiciera mucho pis, me iba a dejar un paquetito o cinco duros.
En cuanto entornó la puerta para que no me diera la luz de la cocina en los ojos, me dormí. Y soñé con minas de dientes. Había muchos ratoncitos con botas grande y palas. Y también había unos cestos con paquetitos. A la mañana siguiente, asomé la nariz por la puerta para ver qué hora era. La aguja pequeña marcaba las 7 y me volví a la cama. No quería desobedecer al ratoncito. Y a mi abuelo menos.
Di unas vueltas en la cama, me conté un cuento que me sabía y me levanté de nuevo. La aguja ya estaba en el 8 y fui corriendo a hacer pis. Volví rápidamente y miré debajo de la almohada: había un paquetito, como los que había visto en mi sueño. Lo abrí. Y me fui a la cama de mis abuelos.
De un salto, me metí entre ellos mientras les enseñaba mi caja de pinturas nueva: era las que quería para terminar mi cuaderno de dibujo. ¡Qué listos el ratón y mi abuelo!
Así que, con el colmillo, tengo dos opciones. O tirar del cordel o avisar a mi abuelo. Si voy a su casa, le diré que me ayude.
Él sabe mucho de dientes. Y, además, conoce al Ratoncito Pérez. Creo que me lo quitará mi abuelo y usaré la técnica del cordel para mi primera muela.
lunes, 1 de enero de 2018
Pequeños pasos, grrrandes ilusiones
Lucía se despertó ese día como cualquier otro, saltó de la cama y se fue al salón, a ver la tele antes de que se despertase nadie. En lo que bajaba los escalones, oyó un ruidito abajo. Se paró. Y escuchó. Papeles. Voces en bajito. Y Lucía se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras, de dos en dos. Se metió en la cama rápido y se tapó con el edredón la cabeza, para no ver ni oir nada más. Y se convenció de que se había dormido de nuevo cuando sacó la cabeza de bajo las sábanas y decidió que era el momento de volver a intentarlo.
Salió despacito de la cama y bajó los escalones, de uno en uno, sujetándose a la barandilla mientras le resbalaban los calcetines... Puso un pie en el suelo de la planta baja, luego otro... Y llegó al salón. La puerta estaba entreabierta y lo vio. Vio que había unas migajas en el suelo, un poquito de barro y... ¡la leche había desaparecido!
Lucía empezó a dar saltitos mientras decidía si abría la puerta, subía a despertar a sus hermanos, gritaba o entraba... Tenía tantas emociones que no sabía cuál elegir. Así que, sin pensarlo, optó por todas a la vez: se giró sobre sí misma y subió los escalones, de dos en dos, mientras gritaba a pleno pulmón: "¡Se lo han comido! ¡Han venido! ¡Bajad! ¡Corred! ¡Despertad".
Con el primer grito, sus hermanos ya estaban corriendo por el pasillo. Con el segundo, sus padres ya estaban bajando las escaleras. Con el tercero, ya estaban todos a la puerta del salón, impacientes... Porque, sí, es así, lo mejor de ser niño, y no tan niño, es seguir teniendo ilusión. Que la ilusión esté siempre. Como cuando éramos niños. No solo el 6 de enero. Todos los días.
Salió despacito de la cama y bajó los escalones, de uno en uno, sujetándose a la barandilla mientras le resbalaban los calcetines... Puso un pie en el suelo de la planta baja, luego otro... Y llegó al salón. La puerta estaba entreabierta y lo vio. Vio que había unas migajas en el suelo, un poquito de barro y... ¡la leche había desaparecido!
Lucía empezó a dar saltitos mientras decidía si abría la puerta, subía a despertar a sus hermanos, gritaba o entraba... Tenía tantas emociones que no sabía cuál elegir. Así que, sin pensarlo, optó por todas a la vez: se giró sobre sí misma y subió los escalones, de dos en dos, mientras gritaba a pleno pulmón: "¡Se lo han comido! ¡Han venido! ¡Bajad! ¡Corred! ¡Despertad".
Con el primer grito, sus hermanos ya estaban corriendo por el pasillo. Con el segundo, sus padres ya estaban bajando las escaleras. Con el tercero, ya estaban todos a la puerta del salón, impacientes... Porque, sí, es así, lo mejor de ser niño, y no tan niño, es seguir teniendo ilusión. Que la ilusión esté siempre. Como cuando éramos niños. No solo el 6 de enero. Todos los días.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Cuento de navidad: trocitos de azúcar
En la cabaña de piedra, estaba Pedro. Le acompañaban una manta de lana, hecha por su madre, una bota de vino, un mendrugo de pan y un poco de chorizo. A la luz de la lumbre, mientras buscaba formas entre las llamas, pensaba en lo que le había pasado durante el día cuando, de pronto, sonaron unos golpes en la puerta.
De un salto, Pedro se puso en pie y fue a abrir. Una ráfaga de aire frío entró, mientras pasaban tres personas, abrigadísimas. Tanto que solo se les veía la nariz. Pedro escudriñó entre las ropas y le pareció conocerlas, pero se giró rápido para cerrar de nuevo y no atisbó a ver quiénes eran.
Con la puerta ya cerrada, volvió hacia la lumbre. Se giró hacia los visitantes en silencio. Las narices de los tres le apuntaban. Pedro intuía que le miraban pero tampoco lo sabía a ciencia cierta porque las capuchas les tapaban los ojos. Uno era más alto y los otros más bajitos. Uno parecía que tenía barba. Otro tenía la nariz muy roja, con los mocos congelados. Y el otro... cuando se fijó en la tercera nariz, se dio cuenta. ¡Eran ellos!
Se acercó corriendo y les quitó las capuchas, abrazándoles a todos a la vez. El más alto le tocaba el pelo, el más pequeño se le agarraba como un koala, y el segundo más alto (segunda, para ser exactos) no dejaba de darle besos mientras le daba la mano.
No podía creer que hubieran ido hasta allí. Con el frío que hacía. Habían andado, lo menos, 3 horas para acompañarle ese día. Ese día que había empezado como cualquier otro, sacando a las ovejas y vigilándolas durante el día. Comiendo sentado en una piedra mientras miraba al horizonte. Recogiéndolas al anochecer mientras él se cobijaba en esa cabaña. Y ahí estaban ellos. Con unas mochilas de las que empezaron a sacar cositas envueltas en papel albal: unos langostinos, unas alitas de pollo (su comida favorita. ¡Allí para él!), unos trozos de turrón... Cuando sacaron todas las viandas, se sentaron en el suelo, cogieron la bota de vino, se la fueron pasando unos a otros, y empezaron a comer.
Al terminar la cena, María, su madre, sacó un bizcocho de la mochila y unas uvas. Cogieron el termo y, con un tenedor, dieron las doce campanadas. Se abrazaron de nuevo y se desearon un feliz año. Volvieron a abrazarse. Se bebieron la leche caliente mientras se comían el bizcocho y se durmieron.
El 1 de enero, Pedro se despertó, con frío. En la chimenea solo quedaban unas brasas. Y de sus padres y de su hermana, ni rastro. Pedro se desperezó y sonrió. Salió de debajo de la manta, abrió su mochila y sacó, del bolsillo de dentro, el cachito de azúcar que le quedaba: un poco de carbón dulce, de las navidades pasadas, que se había cogido para celebrar esos días allí, solo en la montaña, cuidando a las ovejas.
Cuando hincó el diente, revivió su infancia. La chimenea del pueblo, las panderetas, los villancicos. Sintió la nostalgia de esos años. Y salió. En ese momento llegaba Miguel, el pastor que iba cuidar las ovejas la primera semana de enero. Se saludaron y se felicitaron el año, y Pedro echó a correr colina abajo.
Estaba a dos horas de casa. A dos horas de su familia. A dos horas de no tener que soñar que estaba con ellos. A dos horas de la comida de Año Nuevo. A dos horas de la chimenea. A dos horas de los villancicos. Y, dos horas, después de una semana, no son nada.
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De un salto, Pedro se puso en pie y fue a abrir. Una ráfaga de aire frío entró, mientras pasaban tres personas, abrigadísimas. Tanto que solo se les veía la nariz. Pedro escudriñó entre las ropas y le pareció conocerlas, pero se giró rápido para cerrar de nuevo y no atisbó a ver quiénes eran.
Con la puerta ya cerrada, volvió hacia la lumbre. Se giró hacia los visitantes en silencio. Las narices de los tres le apuntaban. Pedro intuía que le miraban pero tampoco lo sabía a ciencia cierta porque las capuchas les tapaban los ojos. Uno era más alto y los otros más bajitos. Uno parecía que tenía barba. Otro tenía la nariz muy roja, con los mocos congelados. Y el otro... cuando se fijó en la tercera nariz, se dio cuenta. ¡Eran ellos!
Se acercó corriendo y les quitó las capuchas, abrazándoles a todos a la vez. El más alto le tocaba el pelo, el más pequeño se le agarraba como un koala, y el segundo más alto (segunda, para ser exactos) no dejaba de darle besos mientras le daba la mano.
No podía creer que hubieran ido hasta allí. Con el frío que hacía. Habían andado, lo menos, 3 horas para acompañarle ese día. Ese día que había empezado como cualquier otro, sacando a las ovejas y vigilándolas durante el día. Comiendo sentado en una piedra mientras miraba al horizonte. Recogiéndolas al anochecer mientras él se cobijaba en esa cabaña. Y ahí estaban ellos. Con unas mochilas de las que empezaron a sacar cositas envueltas en papel albal: unos langostinos, unas alitas de pollo (su comida favorita. ¡Allí para él!), unos trozos de turrón... Cuando sacaron todas las viandas, se sentaron en el suelo, cogieron la bota de vino, se la fueron pasando unos a otros, y empezaron a comer.
Al terminar la cena, María, su madre, sacó un bizcocho de la mochila y unas uvas. Cogieron el termo y, con un tenedor, dieron las doce campanadas. Se abrazaron de nuevo y se desearon un feliz año. Volvieron a abrazarse. Se bebieron la leche caliente mientras se comían el bizcocho y se durmieron.
El 1 de enero, Pedro se despertó, con frío. En la chimenea solo quedaban unas brasas. Y de sus padres y de su hermana, ni rastro. Pedro se desperezó y sonrió. Salió de debajo de la manta, abrió su mochila y sacó, del bolsillo de dentro, el cachito de azúcar que le quedaba: un poco de carbón dulce, de las navidades pasadas, que se había cogido para celebrar esos días allí, solo en la montaña, cuidando a las ovejas.
Cuando hincó el diente, revivió su infancia. La chimenea del pueblo, las panderetas, los villancicos. Sintió la nostalgia de esos años. Y salió. En ese momento llegaba Miguel, el pastor que iba cuidar las ovejas la primera semana de enero. Se saludaron y se felicitaron el año, y Pedro echó a correr colina abajo.
Estaba a dos horas de casa. A dos horas de su familia. A dos horas de no tener que soñar que estaba con ellos. A dos horas de la comida de Año Nuevo. A dos horas de la chimenea. A dos horas de los villancicos. Y, dos horas, después de una semana, no son nada.
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jueves, 21 de septiembre de 2017
En los brazos de Morfeo
Despereza. Lo intenta. Se estira en la cama y trata de levantarse. Una pierna para un lado, otra para el otro, manos para arriba... Crece 3 centímetros, al menos. Y vuelve a hacerse una bola. Giro hacia un lado, mano debajo de la almohada, y a seguir sobando. No sabe qué hora es. Ni quiere saberlo. Dormita. Todavía es de noche. Un ligero reflejo de las farolas entra en la habitación por las rendijas de las persianas. Morfeo todavía le acunará por unas horas. Y él está dispuesto a dejarse mecer. Sin oponer resistencia. El día no ha llegado. Y él no va a desaprovechar la oportunidad de seguir durmiendo. Y soñando.
lunes, 18 de septiembre de 2017
La nota de Hugo
Hugo salió de casa y dejó una nota a su madre:
‘Volveré pronto pero no me esperes para cenar’. Y salió por la puerta. En su
habitación, dejó una nota más larga, para quien quisiera leerla:
‘He ido a ver a María, mi compi. Me encanta. Esa
chica tiene todo lo que puedo buscar. Es todo lo que quiero. Y es a la que
quiero. Voy a verla ahora y me voy a declarar. A ver qué me dice. Si me dice
que sí, me voy a ir con ella a vivir a otra ciudad. Los dos solos. Eso
significará que me quiere y que vamos a pasar el resto de nuestras vidas
juntos. Empezaremos de cero, ella y yo. Nadie más. Y formaremos una familia. Así que si no
vengo a cenar, es que mi vida nueva ha comenzado. ¡Enhorabuena, puede que
dentro de unos años seáis abuelos!
En cambio, si vengo a cenar… bueno, si vengo a cenar, o bien pasa
de mí o bien hemos decidido que vamos paso a paso. Mi cara lo dirá todo. Así que,
por favor, no preguntéis. ¡Deseadme suerte! ¡Os quiero!’martes, 12 de septiembre de 2017
Siete décadas. Una vida
Lolo y Manolita son
amigos de toda la vida. Casi casi desde que nacieron. Lolo todavía recuerda cómo
cuando jugaban al balón prisionero en la escuela ya no le tiraba a dar. Y Manolita cómo se empezaron a ver a escondidas cuando eran unos críos. Y
los dos se acuerdan de ese momento, detrás de la iglesia, cuando, en la
oscuridad de la noche y con la luz lejana de una farola, se miraron a los ojos,
muy muy profundamente, y no saben cómo todavía, se atrevieron a besarse.
Y Lolo se acuerda
de las cosquillas que sentía en el estómago cuando esa noche se despidió de
ella, tras la esquina para que no le vieran los padres de Manolita, y salió corriendo
hacia su casa, con la emoción en la garganta. Y Manolita todavía recuerda cómo le
temblaban las rodillas cuando entró por la puerta de la cuadra, aquella noche,
con una sonrisa que no le cabía en la cara y recordando esa mirada y el tacto
de los labios de Lolo.
Y, después de esa
noche, siguieron quedando. A escondidas y a la luz del sol. Detrás
de la Iglesia y en el bar del pueblo. En la misa y en las fiestas. En el campo
y en la plaza. Arando y llevando las vacas a pastar. Y, cuando podían, se besaban, a escondidas, como aquella noche. Y notaban las mariposas en el estómago y cómo
les temblaban las rodillas.
Hoy, unas décadas
después, siguen haciendo planes. Ahora sin esconderse. Casi 70
años juntos les permiten hacer lo que les plazca. Ya no van a arar, pero salen
de paseo. Ya no se ven detrás de la iglesia, llegan juntos a la puerta. Visitan a sus nietos. Y sus nietos les visitan a
ellos. Y siguen desayunando, comiendo y cenando juntos. Y siguen viajando
juntos. Y siguen viendo la tele juntos, tapados con las mismas faldillas. Y siguen
disfrutando de las pequeñas cosas, juntos. Y es que, hace 84 años, nacieron Lolo y Manolita. Los dos en septiembre. Los dos a finales. Los dos el 28. Y, ese día, sin que lo supiera nadie, ellos ya estaban
destinados el uno para el otro.
viernes, 21 de julio de 2017
Otro viaje en tren
Y ese día, soñó. Soñó con un viaje en tren, de esos que tanto le gustaban a ella. Soñó que la veía, que se la encontraba caminando por el vagón. Soñó que ese reencuentro era todo lo que habían esperado. Soñó que se miraban, que hablaban, que se rozaban las mejillas al saludarse. Inclusó sintió cómo se le erizaba la piel al tocarle la mano. Y, cuando se despertó, lo recordó. Ella ya no estaba, se había ido. Pero siempre le quedarían los sueños para verla de nuevo y, algún día, en algún lugar, se encontrarían.
miércoles, 5 de julio de 2017
Don Juan, un aldeano de pro
Todo comenzó a
finales de julio. Corría el año 67 y hacía un calor horrible. Un bochorno que
no dejaba pensar.
La tarde de, no
recuerdo bien, si el 17 o 18, los últimos médicos licenciados de la Universidad
de Salamanca tenían que elegir su futuro. Y allí estaba él. Joven e inexperto
pero con muchas ganas de aprender, a punto de decir el destino en el que iba a
desarrollar los primeros meses de su carrera profesional. Una decisión que
tenía muy meditada: iba a irse a un hospital de Madrid para convertirse en un
gran cirujano. Ese había sido su sueño toda la vida. Y estaba a punto de
lograrlo. Solo tenía que ver en qué posición estaba de la lista y esperar su
turno para decir su destino en voz alta.
El calor. Ese calor
tan horrible. Esa debía ser la razón por la que no veía su nombre. No podía
ser. Había estudiado con todas sus fuerzas para estar de los primeros en la
lista. Y no estaba. No leía su nombre en ningún folio. ¿Dónde estaba? Por fin. “Número
252. Juan Pérez Sánchez.”, leyó en voz alta. No se lo podía creer. Había 260 en
la lista y solo 8 por detrás de él. Notó como la cabeza le daba vueltas y se
sentó, en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared.
Madrid. Adiós. Ya no
iba a poder ser. O sí. Quizá no sería cirujano pero podría hacer otra
especialidad y cambiarse más adelante. Sí, eso haría.
Empezaron a entrar en
la sala en la que iban a decidir su destino. Estaba contento con su última
decisión, aunque seguía sudando. Qué calor en la sala, bien podían abrir las
ventanas. Observó a su alrededor: cinco personas sentadas en una larga mesa, un
gran listado en un lateral y una persona de pie con un rotulador. Nada más. El
que, intuyó, sería el presidente del acto, se levantó y leyó: ‘Número 1. Joaquín
Pérez’. Y Joaquín se levantó, se acercó al listado, señaló con el dedo y dijo
‘Ramón y Cajal. Oftalmología’, mientras sonreía. Y esa opción la tacharon de la
lista.
250 personas delante
de él eligieron hospital, ciudad y especialidad. La número 251 se levantó y
eligió Madrid. La última opción que quedaba en la capital. Sintió vértigo, no
sentía los pies en el suelo. “Juan Pérez Sánchez”. Escuchó su nombre y se
levantó. Se acercó al listado, mareado, con la vista perdida y con puntos blancos
en su mirada. No podía pensar. Ya no había Madrid. Solo había 8 destinos. 8
destinos de los que no sabía nada. Levantó la mano derecha, la acercó al listado
y señaló un lugar. No sabía cuál. Centró la vista y leyó, en una voz apenas
audible: ‘Aldea del Obispo. Medicina general’. Y bajó del estrado mientras
tachaban su futuro y dejaban solo 7 lugares disponibles.
Aldea del Obispo.
¿Dónde estaba? ¿Qué había? ¿Qué iba a hacer allí? Medicina general. Sí,
pero, ¿y las operaciones? ¿Y el hospital? ¿Y el ajetreo de la gran ciudad? Las
gotas de sudor le caían por la espalda mientras salía del edificio. Se sentó en
un banco. Respiró aire caliente. Olía a
tierra mojada. Y empezó a llover. Muy fuerte. Para limpiar el ambiente cargado.
Y, de paso, para limpiarle a él. Y se levantó y anduvo. Dejó de sudar. Y empezó
a pensar en el futuro.
Ese que vivió hasta
ayer. Mi gran amigo. El que me contaba todas sus historias. El que llegó a
Aldea sin esperanza y sin planes y encontró más de lo que podía esperar.
Ese año, en el 67, Don
Juan vino a este pueblo para ejercer una profesión que no conocía más que de
los libros. Empezó sin experiencia y sin ideas. Cuando llegó era un joven con
ganas de aprender todo. Y eso hizo. Ese verano, aprendió a poner inyecciones, a
escuchar los problemas de la gente en la consulta, a auscultar y a despertarse
en medio de la noche para coser una pitera. La experiencia le enseñó a
diagnosticar, a curar, a ayudar y a entender. Y con cada una de las personas
que entró en su consulta siempre aprendió algo. Al cabo de unos años, dejó de
vivir de alquiler y se hizo su casa en un terreno que compró. No era muy grande,
pero tenía un despacho donde atendía a los pacientes cuando había urgencias.
Y siguió aprendiendo
de su profesión mientras hacía amigos. Y muchas veces pensaba en ese día, 17 o
18 de julio, cuando leyó, en voz alta muy bajita, ‘Aldea del Obispo’. La mejor
decisión que pudo tomar. Porque en Aldea no solo se convirtió en médico,
también creció, maduró y se hizo mejor persona. Aquí conoció gente, ideas,
valores, sentimientos. En Aldea también se enamoró. Y en Aldea nacieron sus
hijos. Aldeanos de pro, desde las raíces.
En Aldea hizo su
vida. Toda su vida. Hasta ayer. Que se fue sin decir adiós. Pero, al menos,
durante todos estos años, tuvimos la oportunidad de conocerle, de tratarle, de
enseñarle, de aprenderle. Porque fue un buen hombre. Un gran médico. Un gran
contador de historias. Una gran persona. Un aldeano de pro.
P.D. A los médicos
rurales.
viernes, 30 de junio de 2017
La cuentaduernos
Y, un día, buscó en el diccionario qué significaba exactamente esa palabra. Y encontró lo siguiente:
1. m. Narración breve de ficción.
2. m. Relato, generalmente indiscreto, de un suceso.
3. m. Relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención.
Y, finalmente, se decidió: iba a contar cuentos. Muchos o pocos. Largos y
cortos. De niños y de niñas. De animales y de personas. De
cosas o de nubes. De pensamientos. De sentimientos. De invenciones. De sucesos. De historias.
Y así aparecieron Pepe el Astronauta y Marieta la Dicharachera. Y otros que ya existían. Y otros que existirían. Sí. Acababa de elegir su destino. Iba a hacerlo: ser narradora de cuentos. Una cuentaduernos.
"Cuéntame un cuento, que ya creo que estoy soñando. Cuéntame un cuento, con música voy viajando"
martes, 27 de junio de 2017
Así era ella
Así era ella. Una persona a la que le gustaba todo y nada a la vez. Le gustaba probar. Reir. Llorar. Saltar. Innovar. Correr. Andar. Dormir.
Ella era un alma inquieta. Tan pronto subía árboles como bajaba a cuevas. Montaba a caballo como iba andando. Nadaba como saltaba.
Un corazón caliente. Que amaba todo lo que hacía. Ponía el alma en todas sus acciones. Fuera una cosa u otra. Siempre, al 100%.
Así era ella. Una persona que se dejaba llevar. Por la corriente. Por el aire. Por las nubes. Por los sueños. Por las ganas.
Ella era un alma inquieta. Tan pronto subía árboles como bajaba a cuevas. Montaba a caballo como iba andando. Nadaba como saltaba.
Un corazón caliente. Que amaba todo lo que hacía. Ponía el alma en todas sus acciones. Fuera una cosa u otra. Siempre, al 100%.
Así era ella. Una persona que se dejaba llevar. Por la corriente. Por el aire. Por las nubes. Por los sueños. Por las ganas.
"La edad solo es importante si eres un queso o un vino"
martes, 6 de junio de 2017
Para ella, que soñaba despierta
Sí. Yo también he
comido una cucharada de Cola Cao y casi muero en el intento. Y he subido al
manzano. Y he bajado con la bici por el camino del embarcadero. Y he pegado
la lengua al hielo. Y he dormido con piloto porque me daba miedo la oscuridad
(¿o era a ti y dormía con luz por solidaridad?). Y he corrido, bailado y
gritado bajo la lluvia. Y he ido en bici por la carretera, sin casco, a lo loco.
Y he entrado al cementerio de noche. Y he ido a la escuela unitaria, me he
mudado muchas veces, he hecho nuevos amigos… Pero, a pesar de todas las cosas
que he hecho yo y que tú también has hecho, hay otras en las que eres única.
No
me caí de un columpio liándola parda ni no lloré cuando nos perdimos en el autobús
y no teníamos dinero para volver. Eso lo hiciste tú. Y ser una cabezona
orgullosa, eso lo has ido perfeccionando tú solita. Porque estás loca, es cosa
de familia, y aun así te haces querer. Porque lo que te propones lo consigues.
Haga frío, aire, llueva, truene o tengas que nadar a contracorriente. Porque luchaste
contra viento y marea cuando creías en ti. Porque has demostrado mucho más de
lo que te proponías. Porque eres tú. Única. Especial. Siempre viviste en las nubes
y, mira tú por donde, ahora eres experta en algo más allá de ellas. Porque
siempre tenemos que seguir siendo niños. Y seguir luchando por nuestros sueños. Y
hacerlos realidad. Como tú.
'El universo está en nosotros' (Neil DeGrasse)
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