miércoles, 5 de diciembre de 2018

Miradas huidizas

Cuando era pequeño no lo entendía. Y mi abuelo no me decía nada. ¡Y mira que le pregunté!

Cuando fui más mayor me di cuenta, porque lo viví. Recordé todas aquellas veces que había visto esas situaciones en el parque mientras corría y perseguía a mis amigos.  Me gustaba una niña de clase y me pasó todo eso. Todo lo que recordaba.

Las miradas huidizas. El robo de un roce con las manos. El pensar sin querer. La risa nerviosa. Querer estar con ella siempre. La emoción de un beso en la mejilla. El miedo. Ponerme nervioso al verla. Otra vez las miradas. Darle vueltas al qué pasaría si. El no atreverme a nada. Disfrutar de cada momento con ella. Ver cómo se colocaba el pelo. Estudiar su sonrisa. Conseguir mirarle a los ojos y pensar que podía leerme el pensamiento.

Y, no recuerdo cómo, un día me atreví a darle la mano. Y las miradas huidizas pasaron a ser miradas sostenidas. Y otro día me envalentoné y le di un beso huidizo en los labios. Las sonrisas seguían siendo nerviosas. Y seguí con mariposas en el estómago. Siempre que la veía notaba ese revoloteo. Pero esas mariposas son las que me animaban cada día a ir al cole. Solo por verla.

Eso es lo que había visto siempre en el parque. Niños y niñas mayores que se miraban, se conocían, se acariciaban, se vivían. Se querían.



martes, 20 de noviembre de 2018

Todo pasa cuando quiere pasar


Y, cuando menos te lo esperas, pasa.

  • Estás a punto de dormir y se te ocurre la idea perfecta para la campaña de publicidad.
  • Cruzas la calle y al llegar a la acera pasa un coche por donde estabas hace medio segundo.
  • Ves una oferta, de refilón, y encuentras el trabajo que querías.
  • Pruebas un bar nuevo y descubres la mejor tortilla de patata de la historia.
  • Vas al médico y os hacéis amigos.
  • Visitas una ciudad y descubres el sitio con el que habías soñado tantas veces.
  • Conoces a alguien y se te da la vuelta al estómago.
  • Ves un anuncio de perritos abandonados en la basura y ya tienes un nuevo compañero de aventuras. 
  • Pruebas el helado de turrón y se convierte en tu favorito.
  • Viajas el finde de peor climatología y tienes solazo.
  • Haces una carrera y aguantas toda la noche sin dormir.
  • Comienzas a picotear el pan antes de comer y terminas el postre con una cita para hacerte un tatuaje de hermanas.
  • Te dejas llevar y conoces un nuevo país.
  • Empiezas a garabatear y decides escribir una novela.
  • Te lanzas a la cocina y descubres que no se te da tan mal.
  • Ves una estampa chula y haces un fotón.
  • Coges un día el tren para ir al trabajo y comienzas una nueva vida con la chica del asiento de enfrente.
  • Empiezas ese libro y no puedes dejarlo.
  • Te levantas un día y descubres que tienes una nueva ilusión.


Mi abuelo tenía razón. Las cosas pasan cuando menos las esperas.





lunes, 29 de octubre de 2018

¡Un gamusino !

Era un sitio espectacular. E iba con él. Mi abuelito siempre me llevaba a los sitios más molones del mundo. Era un senderito entre árboles, con hojas en el suelo. Marrones y amarillas. Resplandecientes. Crujientes. El agua corriendo por los laterales y cayendo sobre nuestras capuchas desde los árboles. El cielo gris. El amanecer acechando. Llevaba mis botas de agua y el chubasquero. A él le tapaba una capa enorme. A nuestras espaldas, unas mochilas con unos bocatas y unas cantimploras (y un cacho de chocolate que había encontrado en un cajón en la cocina). La linterna en la mano hasta que saliese el sol. Y el tiempo. Teníamos todo el día para caminar sobre ese sitio de cuento.

Y, mientras caminábamos cantando, lo vi. Saltó de un arbusto a mi lado y corrió delante de mí, cruzando el camino, y se metió en un agujero de uno de los árboles al otro lado. Se me abrió la boca. Mucho. No había visto nunca uno.

Miré a mi abu y le pregunté, chillando, si era lo que yo creía. "¡¡¿¿Un gamusino??!!" Había ido muchos días en el pueblo a cazar y no había visto nunca ninguno y acababa de pasar por delante de mí.

Ágil. Peludo. Con cola larga. Ojos vivarachos. Y hocico de gato. Patas  que corrían un montón. Y saltaba. ¡Vaya salto pegó!

Fui corriendo al agujero a mirar. Me agarré al borde y, de puntillas, escudriñé dentro. No vi nada.

Mi abuelo vino y me aupó. Así veía mejor. Pero nada. Ya no estaba. No sé qué hizo. Cómo desapareció. Fue increíble. Lo había visto. Delante de mí. Tan bonito. Tan misterioso. Tan difícil de encontrar. ¡Y había visto uno!

Tuve una sonrisa en la boca todo el día. No dejé de contarle cómo me había saltado casi encima, cómo casi le había tocado y cómo corría. Cómo iba a salir otra noche a cazarlos solo para verlo de nuevo.

Cuando llegamos a casa se lo conté a todos. Les dije que lo había acariciado y que me había mirado desde el agujero. Les conté cómo se paró en medio del camino y nos miró mientras se rascaba el hocico.

Sigo acordándome del gamusino. De ese día de cuento. De cómo mi abuelo nunca me dijo que había sido una gineta. Que los gamusinos no existen. Pero ese día fui feliz. Y en algún momento aprendí que la imaginación nos puede llevar a sitios que nunca fueron pero que sin ella no vamos a ningún lado. Y sigo acordándome del gamusino. Porque, a mis taitantos, sigo creyendo en los gamusinos. En ese gamusino.