martes, 20 de noviembre de 2018

Todo pasa cuando quiere pasar


Y, cuando menos te lo esperas, pasa.

  • Estás a punto de dormir y se te ocurre la idea perfecta para la campaña de publicidad.
  • Cruzas la calle y al llegar a la acera pasa un coche por donde estabas hace medio segundo.
  • Ves una oferta, de refilón, y encuentras el trabajo que querías.
  • Pruebas un bar nuevo y descubres la mejor tortilla de patata de la historia.
  • Vas al médico y os hacéis amigos.
  • Visitas una ciudad y descubres el sitio con el que habías soñado tantas veces.
  • Conoces a alguien y se te da la vuelta al estómago.
  • Ves un anuncio de perritos abandonados en la basura y ya tienes un nuevo compañero de aventuras. 
  • Pruebas el helado de turrón y se convierte en tu favorito.
  • Viajas el finde de peor climatología y tienes solazo.
  • Haces una carrera y aguantas toda la noche sin dormir.
  • Comienzas a picotear el pan antes de comer y terminas el postre con una cita para hacerte un tatuaje de hermanas.
  • Te dejas llevar y conoces un nuevo país.
  • Empiezas a garabatear y decides escribir una novela.
  • Te lanzas a la cocina y descubres que no se te da tan mal.
  • Ves una estampa chula y haces un fotón.
  • Coges un día el tren para ir al trabajo y comienzas una nueva vida con la chica del asiento de enfrente.
  • Empiezas ese libro y no puedes dejarlo.
  • Te levantas un día y descubres que tienes una nueva ilusión.


Mi abuelo tenía razón. Las cosas pasan cuando menos las esperas.





lunes, 29 de octubre de 2018

¡Un gamusino !

Era un sitio espectacular. E iba con él. Mi abuelito siempre me llevaba a los sitios más molones del mundo. Era un senderito entre árboles, con hojas en el suelo. Marrones y amarillas. Resplandecientes. Crujientes. El agua corriendo por los laterales y cayendo sobre nuestras capuchas desde los árboles. El cielo gris. El amanecer acechando. Llevaba mis botas de agua y el chubasquero. A él le tapaba una capa enorme. A nuestras espaldas, unas mochilas con unos bocatas y unas cantimploras (y un cacho de chocolate que había encontrado en un cajón en la cocina). La linterna en la mano hasta que saliese el sol. Y el tiempo. Teníamos todo el día para caminar sobre ese sitio de cuento.

Y, mientras caminábamos cantando, lo vi. Saltó de un arbusto a mi lado y corrió delante de mí, cruzando el camino, y se metió en un agujero de uno de los árboles al otro lado. Se me abrió la boca. Mucho. No había visto nunca uno.

Miré a mi abu y le pregunté, chillando, si era lo que yo creía. "¡¡¿¿Un gamusino??!!" Había ido muchos días en el pueblo a cazar y no había visto nunca ninguno y acababa de pasar por delante de mí.

Ágil. Peludo. Con cola larga. Ojos vivarachos. Y hocico de gato. Patas  que corrían un montón. Y saltaba. ¡Vaya salto pegó!

Fui corriendo al agujero a mirar. Me agarré al borde y, de puntillas, escudriñé dentro. No vi nada.

Mi abuelo vino y me aupó. Así veía mejor. Pero nada. Ya no estaba. No sé qué hizo. Cómo desapareció. Fue increíble. Lo había visto. Delante de mí. Tan bonito. Tan misterioso. Tan difícil de encontrar. ¡Y había visto uno!

Tuve una sonrisa en la boca todo el día. No dejé de contarle cómo me había saltado casi encima, cómo casi le había tocado y cómo corría. Cómo iba a salir otra noche a cazarlos solo para verlo de nuevo.

Cuando llegamos a casa se lo conté a todos. Les dije que lo había acariciado y que me había mirado desde el agujero. Les conté cómo se paró en medio del camino y nos miró mientras se rascaba el hocico.

Sigo acordándome del gamusino. De ese día de cuento. De cómo mi abuelo nunca me dijo que había sido una gineta. Que los gamusinos no existen. Pero ese día fui feliz. Y en algún momento aprendí que la imaginación nos puede llevar a sitios que nunca fueron pero que sin ella no vamos a ningún lado. Y sigo acordándome del gamusino. Porque, a mis taitantos, sigo creyendo en los gamusinos. En ese gamusino.

jueves, 11 de octubre de 2018

¿Locura transitoria?

Podría decir que éramos unas niñas, pero ya no. Teníamos pelo en pecho. Un día de conversación profunda. Hablando de cosas serias. De la vida. De la intensidad de lo que pasaba a nuestro alrededor. Y llegamos a una conclusión.

Todos estamos locos. A unos se les(nos) nota más. Y a otros se les(nos) nota menos. Cada uno que se coloque en el bando en el que mejor encaje.

Pero, ¿qué es es estar loco?

En Chile, loco es un molusco de carne comestible, pero dura, que se come guisado. En otros países latinoamericanos también se utiliza, en femenino, para hablar de una mujer que mantiene relaciones con varios hombres pero ninguna estable. Estas definiciones no nos valen para el tema en cuestión. Pero vienen bien como culturilla general.

Centrándonos en esa conversación, de esa tarde en un parque otoñal, rodeadas de hojas marrones y amarillas que cubrían el suelo, buscamos en la RAE las acepciones que podrían englobar a la mayoría de los mortales:

1. Que ha perdido la razón.

2. De poco juicio, disparatado e imprudente.

3. Dicho de una persona: entusiasmada o muy contenta. Loco de alegría.

4. Que siente gran amor o afición por alguien o algo. Está loca por Juan.


Venga, vale. Sí. Todos estamos locos. De una manera o de otra. Hacemos cosas sin pensar. Nos dejamos llevar. No siempre, pero alguna vez... ¿quién no ha hecho una locura?

Recordamos conversaciones pasadas. Hechos memorables. Y otros no tanto. Cosas confesables. Y otras inconfesables. Historias propias. E historias contadas. Nuestros recuerdos. Y los de los demás. Nuestras locuras. Y las de los otros. Hechos planeados. O repentizados.

Un viaje. Una salida nocturna. Una carrera. Un paseo. Una montaña. Unas cañas. Un "de perdidos al río". Un "no sé cómo qué". Un "hemos venido a jugar".  Un dejarse llevar. Un dejarse quedar.

Esa tarde de octubre, bajo una lluvia repentina, por fin, (nos) entendimos.

Son mil cosas. Cientos de opciones. Decenas de decisiones. Pequeñas. O grandes. Nuestras locuras. Esas que nos hacen ser así. Locos. Pero felices.