jueves, 21 de septiembre de 2017
En los brazos de Morfeo
Despereza. Lo intenta. Se estira en la cama y trata de levantarse. Una pierna para un lado, otra para el otro, manos para arriba... Crece 3 centímetros, al menos. Y vuelve a hacerse una bola. Giro hacia un lado, mano debajo de la almohada, y a seguir sobando. No sabe qué hora es. Ni quiere saberlo. Dormita. Todavía es de noche. Un ligero reflejo de las farolas entra en la habitación por las rendijas de las persianas. Morfeo todavía le acunará por unas horas. Y él está dispuesto a dejarse mecer. Sin oponer resistencia. El día no ha llegado. Y él no va a desaprovechar la oportunidad de seguir durmiendo. Y soñando.
Sin recuerdos
Recuerdo cosas. Algunas. De cuando era joven e iba al campo. De cuando era una niña y saltaba en el parque. De cuando era treinteañera e iba a trabajar. De cuando tenía cincuenta y salía a pasear. Del día que cumplí cuarenta y me hicieron una fiesta sorpresa. Del día que me jubilé, cuando rondaría los sesenta y algo. Y de que hoy he comido.
No recuerdo más.
No sé quiénes son los protagonistas de las fotos que decoran el salón. Vienen personas, caras sonrientes que me abrazan y me besan, y me cuentan. Me cuentan sus cosas. Que supongo que son también mías. Pero no las relaciono conmigo.
Tenía 8 años. Iba vestida de blanco y tomé la comunión.
Una chica me habla muy cerca. Me incomoda. Me llama abuela. No sé quién es. Pero me recuerda a alguien.
Un atardecer, en lo alto de un monte, con una rispita de chorizo en una mano y un trozo de pan en la otra.
Me aturullo. Hablan a mi alrededor. No sé qué quieren. Quiero que me dejen.
Ese día. Era otoño. Las hojas empezaban a caer de los árboles. Recuerdo aquel día. El día que dejé de recordar.
A los enfermos de Alzheimer. A sus familias. Y a sus cuidadores.
No recuerdo más.
No sé quiénes son los protagonistas de las fotos que decoran el salón. Vienen personas, caras sonrientes que me abrazan y me besan, y me cuentan. Me cuentan sus cosas. Que supongo que son también mías. Pero no las relaciono conmigo.
Tenía 8 años. Iba vestida de blanco y tomé la comunión.
Una chica me habla muy cerca. Me incomoda. Me llama abuela. No sé quién es. Pero me recuerda a alguien.
Un atardecer, en lo alto de un monte, con una rispita de chorizo en una mano y un trozo de pan en la otra.
Me aturullo. Hablan a mi alrededor. No sé qué quieren. Quiero que me dejen.
Ese día. Era otoño. Las hojas empezaban a caer de los árboles. Recuerdo aquel día. El día que dejé de recordar.
A los enfermos de Alzheimer. A sus familias. Y a sus cuidadores.
lunes, 18 de septiembre de 2017
La nota de Hugo
Hugo salió de casa y dejó una nota a su madre:
‘Volveré pronto pero no me esperes para cenar’. Y salió por la puerta. En su
habitación, dejó una nota más larga, para quien quisiera leerla:
‘He ido a ver a María, mi compi. Me encanta. Esa
chica tiene todo lo que puedo buscar. Es todo lo que quiero. Y es a la que
quiero. Voy a verla ahora y me voy a declarar. A ver qué me dice. Si me dice
que sí, me voy a ir con ella a vivir a otra ciudad. Los dos solos. Eso
significará que me quiere y que vamos a pasar el resto de nuestras vidas
juntos. Empezaremos de cero, ella y yo. Nadie más. Y formaremos una familia. Así que si no
vengo a cenar, es que mi vida nueva ha comenzado. ¡Enhorabuena, puede que
dentro de unos años seáis abuelos!
En cambio, si vengo a cenar… bueno, si vengo a cenar, o bien pasa
de mí o bien hemos decidido que vamos paso a paso. Mi cara lo dirá todo. Así que,
por favor, no preguntéis. ¡Deseadme suerte! ¡Os quiero!’martes, 12 de septiembre de 2017
Siete décadas. Una vida
Lolo y Manolita son
amigos de toda la vida. Casi casi desde que nacieron. Lolo todavía recuerda cómo
cuando jugaban al balón prisionero en la escuela ya no le tiraba a dar. Y Manolita cómo se empezaron a ver a escondidas cuando eran unos críos. Y
los dos se acuerdan de ese momento, detrás de la iglesia, cuando, en la
oscuridad de la noche y con la luz lejana de una farola, se miraron a los ojos,
muy muy profundamente, y no saben cómo todavía, se atrevieron a besarse.
Y Lolo se acuerda
de las cosquillas que sentía en el estómago cuando esa noche se despidió de
ella, tras la esquina para que no le vieran los padres de Manolita, y salió corriendo
hacia su casa, con la emoción en la garganta. Y Manolita todavía recuerda cómo le
temblaban las rodillas cuando entró por la puerta de la cuadra, aquella noche,
con una sonrisa que no le cabía en la cara y recordando esa mirada y el tacto
de los labios de Lolo.
Y, después de esa
noche, siguieron quedando. A escondidas y a la luz del sol. Detrás
de la Iglesia y en el bar del pueblo. En la misa y en las fiestas. En el campo
y en la plaza. Arando y llevando las vacas a pastar. Y, cuando podían, se besaban, a escondidas, como aquella noche. Y notaban las mariposas en el estómago y cómo
les temblaban las rodillas.
Hoy, unas décadas
después, siguen haciendo planes. Ahora sin esconderse. Casi 70
años juntos les permiten hacer lo que les plazca. Ya no van a arar, pero salen
de paseo. Ya no se ven detrás de la iglesia, llegan juntos a la puerta. Visitan a sus nietos. Y sus nietos les visitan a
ellos. Y siguen desayunando, comiendo y cenando juntos. Y siguen viajando
juntos. Y siguen viendo la tele juntos, tapados con las mismas faldillas. Y siguen
disfrutando de las pequeñas cosas, juntos. Y es que, hace 84 años, nacieron Lolo y Manolita. Los dos en septiembre. Los dos a finales. Los dos el 28. Y, ese día, sin que lo supiera nadie, ellos ya estaban
destinados el uno para el otro.
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