Un viaje. Cambiar las ideas. Decidir volver a empezar. Y probar.
Cosas nuevas. Nuevos lugares. Ideas nuevas. Maneras nuevas. Situaciones nuevas. Todo nuevo. Sin importar nada. Solo dejándose llevar. Y sorprender. Ilusionarse por todo. Asombrarse con todo. Saber que el ayer es pasado. Vivir la novedad del presente. Mente abierta para el futuro.
Y, un día, por casualidad, la vida gira hacia donde no esperabas. Y te dejas llevar. Hasta donde puedes. Y hasta donde te dejan. Algo inesperado. Con todo en contra. Pero con ganas de probar. De ver qué pasa. Sin presión. Sin objetivos. Sin expectativas. Bueno, algunas hay. Siempre.
Y, sin querer, sin planificarlo, te gusta. Más de lo que podías esperar. Así es la vida. Llena de sorpresas.
Y te dejas llevar por la corriente. Disfrutas cada ola. Cada recodo del camino. Cada sendero. Cada paso. Cada cima. Cada momento. Cada mirada. Cada respiración. Cada segundo. Cada mensaje. Lejano. Pero también cercano. Perfecto. Todo.
jueves, 2 de mayo de 2019
jueves, 21 de marzo de 2019
¡Momentos que ya podían ser eternos!
'¡¡Abuelito!! Hoy me han dicho en el cole que si ayer fui feliz. Era el día de la felicidad, ¿lo sabías?'
Recuerdo ese día como si fuera el mes pasado. Él me miró, sonriendo. Creo que ese fue un momento de felicidad para él. Mientras le preguntaba yo me acordaba de que el día anterior habíamos jugado a burro en el recreo y me lo había pasado pipa. Creo que también había sido feliz.
Han pasado unos años y sigo creyendo que la felicidad está en las pequeñas cosas. Y no en días determinados. No sé exactamente qué es. Y no creo que lo sepa nunca. Pero hay cosas que creo que se le aproximan.
Unas palabras determinadas justo en el momento en el que las necesitas. Un roce de manos inesperado y esperado. El abrazo después de estar un tiempo sin ver a alguien. Levantarte por la mañana y dar un achuchón mañanero. Ese momento en el que está toda la familia reunida, sin hacer nada, solo contándose batallitas. Llegar a la meta. Disfrutar de una carrera. Dar un paseo por el monte y respirar aire puro. Sofá, manta y ese libro que tanto te gusta. Sofá, manta y esa peli. Sofá, manta y esa persona. Comer el cuscurro de pan, calentito, mientras vas a casa. Ver cómo alguien come su plato favorito. Planear un viaje. Contar los días para hacer ese viaje. Abrigarse en un día de invierno, con gorro. Despertarse y estar donde quieres y con quien quieres. Esa llamada. Recibir una carta. Un primer beso. Ir a una capital europea. Un audio en el que te hacen burla. Hacer un nuevo amigo en la playa. Y acordarte de alguien al mismo tiempo. Aprender un juego. Y jugarlo.
Y hay más. Esos momentos en los que se te escapa una sonrisa. Esos momentos que te gustaría que fueran eternos. Esos. Y otros de los que me acordaré en otro momento.
Y, por supuesto, un beso de abuelo.
Recuerdo ese día como si fuera el mes pasado. Él me miró, sonriendo. Creo que ese fue un momento de felicidad para él. Mientras le preguntaba yo me acordaba de que el día anterior habíamos jugado a burro en el recreo y me lo había pasado pipa. Creo que también había sido feliz.
Han pasado unos años y sigo creyendo que la felicidad está en las pequeñas cosas. Y no en días determinados. No sé exactamente qué es. Y no creo que lo sepa nunca. Pero hay cosas que creo que se le aproximan.
Unas palabras determinadas justo en el momento en el que las necesitas. Un roce de manos inesperado y esperado. El abrazo después de estar un tiempo sin ver a alguien. Levantarte por la mañana y dar un achuchón mañanero. Ese momento en el que está toda la familia reunida, sin hacer nada, solo contándose batallitas. Llegar a la meta. Disfrutar de una carrera. Dar un paseo por el monte y respirar aire puro. Sofá, manta y ese libro que tanto te gusta. Sofá, manta y esa peli. Sofá, manta y esa persona. Comer el cuscurro de pan, calentito, mientras vas a casa. Ver cómo alguien come su plato favorito. Planear un viaje. Contar los días para hacer ese viaje. Abrigarse en un día de invierno, con gorro. Despertarse y estar donde quieres y con quien quieres. Esa llamada. Recibir una carta. Un primer beso. Ir a una capital europea. Un audio en el que te hacen burla. Hacer un nuevo amigo en la playa. Y acordarte de alguien al mismo tiempo. Aprender un juego. Y jugarlo.
Y hay más. Esos momentos en los que se te escapa una sonrisa. Esos momentos que te gustaría que fueran eternos. Esos. Y otros de los que me acordaré en otro momento.
Y, por supuesto, un beso de abuelo.
jueves, 7 de marzo de 2019
Abuelita, ¿nos vamos de paseo ?
¿Sabes ese momento en el que alguien te dice algo, te molesta pero sabes que es verdad? ¿Y cuando alguien te dice que eres de una manera y es todo lo que ella es pero no lo ve por la diferencia generacional?
Así era ella.
Decía lo que pensaba. Siempre. Daba igual a quién o cómo. Sin filtro. Y había que quererla así.
Una mujer fuerte. Con sus principios claros. Con las ideas claras. Con sus creencias.
A mis veintitodos todavía me daba alguna colleja. Me decía que no iba a llegar a su edad. ¡Firmaba por estar a los 60 como estaba a los 93!
Mujer de carácter. Besucona cuando quería. Era gracioso preguntar por la Señora de la Casa por teléfono y que se echara a reír cuando se daba cuenta que se la habías colado, de nuevo.
La mejor hacedora de filetes de ternera de la historia. ¡Y cómo manejaba la máquina de coser!
Muy cuca ella. Siempre lista. Arreglada. No salía sin taparse el cuello. Y hasta hace bien poco siempre con tacones.
Siempre iba un paso por delante. Me pillaba todas. Siempre. ¡Y mira que me lo curraba!
No puedo olvidar sus macarrones con carne. Y las cenas improvisadas en su casa. O el ir a desayunar churros y cómo comió la tarta de queso de mi último cumpleaños (orgullosa de que, por fin, supiera hacer algo en la cocina) aún a sabiendas de que tenía mucha azúcar.
Afable. Lectora. Activa. Amiga de sus amigos. Amante del chinchón. De la partida de los domingos. De su familia. De sus hijos. De sus nietos. De sus bis.
Esto va de abuelos. Y ella era eso. No solo una abuela. Abuelita. Abuelita Esperanza.
Como quería. Que Dios la tenga en su gloria.
¡Vámonos de paseo por las nubes! Tranquila, un paseo andando, no corriendo :)
Así era ella.
Decía lo que pensaba. Siempre. Daba igual a quién o cómo. Sin filtro. Y había que quererla así.
Una mujer fuerte. Con sus principios claros. Con las ideas claras. Con sus creencias.
A mis veintitodos todavía me daba alguna colleja. Me decía que no iba a llegar a su edad. ¡Firmaba por estar a los 60 como estaba a los 93!
Mujer de carácter. Besucona cuando quería. Era gracioso preguntar por la Señora de la Casa por teléfono y que se echara a reír cuando se daba cuenta que se la habías colado, de nuevo.
La mejor hacedora de filetes de ternera de la historia. ¡Y cómo manejaba la máquina de coser!
Muy cuca ella. Siempre lista. Arreglada. No salía sin taparse el cuello. Y hasta hace bien poco siempre con tacones.
Siempre iba un paso por delante. Me pillaba todas. Siempre. ¡Y mira que me lo curraba!
No puedo olvidar sus macarrones con carne. Y las cenas improvisadas en su casa. O el ir a desayunar churros y cómo comió la tarta de queso de mi último cumpleaños (orgullosa de que, por fin, supiera hacer algo en la cocina) aún a sabiendas de que tenía mucha azúcar.
Afable. Lectora. Activa. Amiga de sus amigos. Amante del chinchón. De la partida de los domingos. De su familia. De sus hijos. De sus nietos. De sus bis.
Esto va de abuelos. Y ella era eso. No solo una abuela. Abuelita. Abuelita Esperanza.
Como quería. Que Dios la tenga en su gloria.
¡Vámonos de paseo por las nubes! Tranquila, un paseo andando, no corriendo :)
martes, 12 de febrero de 2019
¿Damos una vuelta más?
2015. Era casi mayo. Los almendros ya habían florecido. Quedaba poco para el cuarenta de mayo. Estaba en el salón y había un periódico encima de la mesa. Lo cogí. Vi una noticia: "Según la encuesta de percepción social de la ciencia, un 25% de la población española desconoce que la Tierra gira alrededor del Sol y piensa que sucede lo contrario".
No sabía muy bien ni qué decir. Ni qué pensar. Así que decidí preguntarle a él, que lo sabía todo. Mi abuelito era como una enciclopedia andante. El Google con patas. Una Wikipedia actualizada.
Él me lo explicó. Un año. 365 días. Una vuelta. Una detrás de otra. Sin parar. Y, en cada vuelta, mil cosas que pueden pasar.
Él llevaba 74 vueltas al Sol. Yo llevaba unas cuantas menos. Pero, si todo iba bien, los dos coincidiríamos dando alguna más.
"Pero - le pregunté, ¿qué puede ocurrir durante una vuelta al sol?".
"Todo y más. Tú solo tienes que dejarte llevar. Observar. Vivir. Sonreír. Aprender. Y dejarte sorprender".
Y así es. En cada nueva vuelta, algo nuevo puede ocurrir.
Eso me dijo mi abuelito. Y, como bien sabía, sus pasos iba a seguir. Aparte de que, como había hecho desde chiqui, nunca quería dejar de sonreír.
No sabía muy bien ni qué decir. Ni qué pensar. Así que decidí preguntarle a él, que lo sabía todo. Mi abuelito era como una enciclopedia andante. El Google con patas. Una Wikipedia actualizada.
Él me lo explicó. Un año. 365 días. Una vuelta. Una detrás de otra. Sin parar. Y, en cada vuelta, mil cosas que pueden pasar.
Él llevaba 74 vueltas al Sol. Yo llevaba unas cuantas menos. Pero, si todo iba bien, los dos coincidiríamos dando alguna más.
"Pero - le pregunté, ¿qué puede ocurrir durante una vuelta al sol?".
"Todo y más. Tú solo tienes que dejarte llevar. Observar. Vivir. Sonreír. Aprender. Y dejarte sorprender".
Y así es. En cada nueva vuelta, algo nuevo puede ocurrir.
- Pides un deseo que se puede cumplir.
- Te rodeas de amigos y no paras de reír.
- Ves una noche estrellada y te dejas embelesar.
- Paseas al lado de un río y ves cómo los peces por la corriente se dejan llevar.
- Aprendes a bajar montañas y no puedes dejar de flipar.
- Sigues aprendiendo a pesar de la edad.
- Continúas mirando a tu alrededor y dejándote fascinar.
- Escuchas nuevos ritmos y te dejas llevar.
- Vuelves a empezar a jugar.
- Con cualquier cosita vuelves a disfrutar.
Eso me dijo mi abuelito. Y, como bien sabía, sus pasos iba a seguir. Aparte de que, como había hecho desde chiqui, nunca quería dejar de sonreír.
miércoles, 6 de febrero de 2019
¿Qué es la besabilidad?
Besabilidad: dícese de la cualidad que se tiene para atraer besos de otra persona.
La besabilidad puede atraer los labios en forma de beso en cualquier parte del cuerpo, no está directamente relacionado con los besos en la boca. Puede ser en la nariz, en los párpados, en la mejilla, en el lóbulo de la oreja, en el cuello, en la comisura de los labios... Cualquier lugar puede ser besable.
Tampoco existen restricciones en cuanto al lugar ni al tiempo. Los besos pueden ser de día o de noche, al aire libre o cerrado, en público o en privado. La besabilidad no se ve afectada por razones externas a los agentes involucrados.
La besabilidad produce sueños. De muchos tipos. Y el sueño puede llegar en un momento de besabilidad.
En ocasiones ocurre que hay impedimentos para desarrollar esta cualidad (por ejemplo, la distancia). Ante esta circunstancia se recomienda que, en en el momento en el que la separación sea la adecuada, se proceda con los besos. Es gratificante aprovechar los momentos de besabilidad para las personas que besan y que son besadas.
También puede pasar que una persona besable coincida con otra con un alto grado de besabilidad pero que no haya reacción entre ellas. Es por esto que, cuando dos personas con alta besabilidad y besables entre sí coinciden, tienen que aprovechar esta cualidad. Así que, ya saben, ¡besen y sean besados!
La besabilidad puede atraer los labios en forma de beso en cualquier parte del cuerpo, no está directamente relacionado con los besos en la boca. Puede ser en la nariz, en los párpados, en la mejilla, en el lóbulo de la oreja, en el cuello, en la comisura de los labios... Cualquier lugar puede ser besable.
Tampoco existen restricciones en cuanto al lugar ni al tiempo. Los besos pueden ser de día o de noche, al aire libre o cerrado, en público o en privado. La besabilidad no se ve afectada por razones externas a los agentes involucrados.
La besabilidad produce sueños. De muchos tipos. Y el sueño puede llegar en un momento de besabilidad.
En ocasiones ocurre que hay impedimentos para desarrollar esta cualidad (por ejemplo, la distancia). Ante esta circunstancia se recomienda que, en en el momento en el que la separación sea la adecuada, se proceda con los besos. Es gratificante aprovechar los momentos de besabilidad para las personas que besan y que son besadas.
También puede pasar que una persona besable coincida con otra con un alto grado de besabilidad pero que no haya reacción entre ellas. Es por esto que, cuando dos personas con alta besabilidad y besables entre sí coinciden, tienen que aprovechar esta cualidad. Así que, ya saben, ¡besen y sean besados!
sábado, 22 de diciembre de 2018
Por encima de las nubes
"Perspectiva". Eso me dijo mi abuelo aquel día. No recuerdo cuántos años tenía, creo que alrededor de 15 o 16. Mi vida se había derrumbado por unas cosas en el insti: una asignatura que no me salía, unos problemas con mis amigos, la chica que me gustaba no se gustaba de mi, me habían pillado fumando en un parque y mis padres me habían castigado... Lo veía todo cuesta arriba.
Pero él siempre me aconsejaba bien. Después de echarme la bronca, por supuesto. Me dijo que las cosas se ven muy mal cuando se está muy cerca, que a veces hay que alejarse para ver con claridad. Ese domingo me llevó a la montaña. A una cerca de casa a la que íbamos de vez en cuando a ver el cielo desde las alturas mientras escuchábamos el silencio.
Ese día, mientras subíamos, bajó la niebla. No se veía nada. Teníamos que ir mirando al suelo para no caernos con las piedras. El suelo mojado de la humedad. Y tirar senda arriba. Cuando llegamos a lo alto, la niebla estaba bajo nuestros pies, en la loma de la montaña, y frente a nosotros teníamos un mar de nubes con un sol espléndido que nos cegaba los ojos.
"¿Ves? Hay veces que todo se ve oscuro, avanzas despacio para no caerte, no tienes claro el camino... pero cuando llegas arriba, lo ves todo más claro. Y las cosas malas al cabo de un tiempo las ves mejor. Porque, aunque esté nublado, el sol siempre está ahí. Solo tienes que esperar para verlo. Y desde arriba, desde la distancia, todo se ve más claro y con mejor perspectiva".
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Miradas huidizas
Cuando era pequeño no lo entendía. Y mi abuelo no me decía nada. ¡Y mira que le pregunté!
Cuando fui más mayor me di cuenta, porque lo viví. Recordé todas aquellas veces que había visto esas situaciones en el parque mientras corría y perseguía a mis amigos. Me gustaba una niña de clase y me pasó todo eso. Todo lo que recordaba.
Las miradas huidizas. El robo de un roce con las manos. El pensar sin querer. La risa nerviosa. Querer estar con ella siempre. La emoción de un beso en la mejilla. El miedo. Ponerme nervioso al verla. Otra vez las miradas. Darle vueltas al qué pasaría si. El no atreverme a nada. Disfrutar de cada momento con ella. Ver cómo se colocaba el pelo. Estudiar su sonrisa. Conseguir mirarle a los ojos y pensar que podía leerme el pensamiento.
Y, no recuerdo cómo, un día me atreví a darle la mano. Y las miradas huidizas pasaron a ser miradas sostenidas. Y otro día me envalentoné y le di un beso huidizo en los labios. Las sonrisas seguían siendo nerviosas. Y seguí con mariposas en el estómago. Siempre que la veía notaba ese revoloteo. Pero esas mariposas son las que me animaban cada día a ir al cole. Solo por verla.
Eso es lo que había visto siempre en el parque. Niños y niñas mayores que se miraban, se conocían, se acariciaban, se vivían. Se querían.
Cuando fui más mayor me di cuenta, porque lo viví. Recordé todas aquellas veces que había visto esas situaciones en el parque mientras corría y perseguía a mis amigos. Me gustaba una niña de clase y me pasó todo eso. Todo lo que recordaba.
Las miradas huidizas. El robo de un roce con las manos. El pensar sin querer. La risa nerviosa. Querer estar con ella siempre. La emoción de un beso en la mejilla. El miedo. Ponerme nervioso al verla. Otra vez las miradas. Darle vueltas al qué pasaría si. El no atreverme a nada. Disfrutar de cada momento con ella. Ver cómo se colocaba el pelo. Estudiar su sonrisa. Conseguir mirarle a los ojos y pensar que podía leerme el pensamiento.
Y, no recuerdo cómo, un día me atreví a darle la mano. Y las miradas huidizas pasaron a ser miradas sostenidas. Y otro día me envalentoné y le di un beso huidizo en los labios. Las sonrisas seguían siendo nerviosas. Y seguí con mariposas en el estómago. Siempre que la veía notaba ese revoloteo. Pero esas mariposas son las que me animaban cada día a ir al cole. Solo por verla.
Eso es lo que había visto siempre en el parque. Niños y niñas mayores que se miraban, se conocían, se acariciaban, se vivían. Se querían.
martes, 20 de noviembre de 2018
Todo pasa cuando quiere pasar
Y, cuando menos te lo esperas, pasa.
- Estás a punto de dormir y se te ocurre la idea perfecta para la campaña de publicidad.
- Cruzas la calle y al llegar a la acera pasa un coche por donde estabas hace medio segundo.
- Ves una oferta, de refilón, y encuentras el trabajo que querías.
- Pruebas un bar nuevo y descubres la mejor tortilla de patata de la historia.
- Vas al médico y os hacéis amigos.
- Visitas una ciudad y descubres el sitio con el que habías soñado tantas veces.
- Conoces a alguien y se te da la vuelta al estómago.
- Ves un anuncio de perritos abandonados en la basura y ya tienes un nuevo compañero de aventuras.
- Pruebas el helado de turrón y se convierte en tu favorito.
- Viajas el finde de peor climatología y tienes solazo.
- Haces una carrera y aguantas toda la noche sin dormir.
- Comienzas a picotear el pan antes de comer y terminas el postre con una cita para hacerte un tatuaje de hermanas.
- Te dejas llevar y conoces un nuevo país.
- Empiezas a garabatear y decides escribir una novela.
- Te lanzas a la cocina y descubres que no se te da tan mal.
- Ves una estampa chula y haces un fotón.
- Coges un día el tren para ir al trabajo y comienzas una nueva vida con la chica del asiento de enfrente.
- Empiezas ese libro y no puedes dejarlo.
- Te levantas un día y descubres que tienes una nueva ilusión.
Mi abuelo tenía razón. Las cosas pasan
cuando menos las esperas.
lunes, 29 de octubre de 2018
¡Un gamusino !
Era un sitio espectacular. E iba con él. Mi abuelito siempre me llevaba a los sitios más molones del mundo. Era un senderito entre árboles, con hojas en el suelo. Marrones y amarillas. Resplandecientes. Crujientes. El agua corriendo por los laterales y cayendo sobre nuestras capuchas desde los árboles. El cielo gris. El amanecer acechando. Llevaba mis botas de agua y el chubasquero. A él le tapaba una capa enorme. A nuestras espaldas, unas mochilas con unos bocatas y unas cantimploras (y un cacho de chocolate que había encontrado en un cajón en la cocina). La linterna en la mano hasta que saliese el sol. Y el tiempo. Teníamos todo el día para caminar sobre ese sitio de cuento.
Y, mientras caminábamos cantando, lo vi. Saltó de un arbusto a mi lado y corrió delante de mí, cruzando el camino, y se metió en un agujero de uno de los árboles al otro lado. Se me abrió la boca. Mucho. No había visto nunca uno.
Miré a mi abu y le pregunté, chillando, si era lo que yo creía. "¡¡¿¿Un gamusino??!!" Había ido muchos días en el pueblo a cazar y no había visto nunca ninguno y acababa de pasar por delante de mí.
Ágil. Peludo. Con cola larga. Ojos vivarachos. Y hocico de gato. Patas que corrían un montón. Y saltaba. ¡Vaya salto pegó!
Fui corriendo al agujero a mirar. Me agarré al borde y, de puntillas, escudriñé dentro. No vi nada.
Mi abuelo vino y me aupó. Así veía mejor. Pero nada. Ya no estaba. No sé qué hizo. Cómo desapareció. Fue increíble. Lo había visto. Delante de mí. Tan bonito. Tan misterioso. Tan difícil de encontrar. ¡Y había visto uno!
Tuve una sonrisa en la boca todo el día. No dejé de contarle cómo me había saltado casi encima, cómo casi le había tocado y cómo corría. Cómo iba a salir otra noche a cazarlos solo para verlo de nuevo.
Cuando llegamos a casa se lo conté a todos. Les dije que lo había acariciado y que me había mirado desde el agujero. Les conté cómo se paró en medio del camino y nos miró mientras se rascaba el hocico.
Sigo acordándome del gamusino. De ese día de cuento. De cómo mi abuelo nunca me dijo que había sido una gineta. Que los gamusinos no existen. Pero ese día fui feliz. Y en algún momento aprendí que la imaginación nos puede llevar a sitios que nunca fueron pero que sin ella no vamos a ningún lado. Y sigo acordándome del gamusino. Porque, a mis taitantos, sigo creyendo en los gamusinos. En ese gamusino.
Y, mientras caminábamos cantando, lo vi. Saltó de un arbusto a mi lado y corrió delante de mí, cruzando el camino, y se metió en un agujero de uno de los árboles al otro lado. Se me abrió la boca. Mucho. No había visto nunca uno.
Miré a mi abu y le pregunté, chillando, si era lo que yo creía. "¡¡¿¿Un gamusino??!!" Había ido muchos días en el pueblo a cazar y no había visto nunca ninguno y acababa de pasar por delante de mí.
Ágil. Peludo. Con cola larga. Ojos vivarachos. Y hocico de gato. Patas que corrían un montón. Y saltaba. ¡Vaya salto pegó!
Fui corriendo al agujero a mirar. Me agarré al borde y, de puntillas, escudriñé dentro. No vi nada.
Mi abuelo vino y me aupó. Así veía mejor. Pero nada. Ya no estaba. No sé qué hizo. Cómo desapareció. Fue increíble. Lo había visto. Delante de mí. Tan bonito. Tan misterioso. Tan difícil de encontrar. ¡Y había visto uno!
Tuve una sonrisa en la boca todo el día. No dejé de contarle cómo me había saltado casi encima, cómo casi le había tocado y cómo corría. Cómo iba a salir otra noche a cazarlos solo para verlo de nuevo.
Cuando llegamos a casa se lo conté a todos. Les dije que lo había acariciado y que me había mirado desde el agujero. Les conté cómo se paró en medio del camino y nos miró mientras se rascaba el hocico.
Sigo acordándome del gamusino. De ese día de cuento. De cómo mi abuelo nunca me dijo que había sido una gineta. Que los gamusinos no existen. Pero ese día fui feliz. Y en algún momento aprendí que la imaginación nos puede llevar a sitios que nunca fueron pero que sin ella no vamos a ningún lado. Y sigo acordándome del gamusino. Porque, a mis taitantos, sigo creyendo en los gamusinos. En ese gamusino.
jueves, 11 de octubre de 2018
¿Locura transitoria?
Podría decir que éramos unas niñas, pero ya no. Teníamos pelo en pecho. Un día de conversación profunda. Hablando de cosas serias. De la vida. De la intensidad de lo que pasaba a nuestro alrededor. Y llegamos a una conclusión.
Todos estamos locos. A unos se les(nos) nota más. Y a otros se les(nos) nota menos. Cada uno que se coloque en el bando en el que mejor encaje.
Pero, ¿qué es es estar loco?
En Chile, loco es un molusco de carne comestible, pero dura, que se come guisado. En otros países latinoamericanos también se utiliza, en femenino, para hablar de una mujer que mantiene relaciones con varios hombres pero ninguna estable. Estas definiciones no nos valen para el tema en cuestión. Pero vienen bien como culturilla general.
Centrándonos en esa conversación, de esa tarde en un parque otoñal, rodeadas de hojas marrones y amarillas que cubrían el suelo, buscamos en la RAE las acepciones que podrían englobar a la mayoría de los mortales:
1. Que ha perdido la razón.
2. De poco juicio, disparatado e imprudente.
3. Dicho de una persona: entusiasmada o muy contenta. Loco de alegría.
4. Que siente gran amor o afición por alguien o algo. Está loca por Juan.
Venga, vale. Sí. Todos estamos locos. De una manera o de otra. Hacemos cosas sin pensar. Nos dejamos llevar. No siempre, pero alguna vez... ¿quién no ha hecho una locura?
Recordamos conversaciones pasadas. Hechos memorables. Y otros no tanto. Cosas confesables. Y otras inconfesables. Historias propias. E historias contadas. Nuestros recuerdos. Y los de los demás. Nuestras locuras. Y las de los otros. Hechos planeados. O repentizados.
Un viaje. Una salida nocturna. Una carrera. Un paseo. Una montaña. Unas cañas. Un "de perdidos al río". Un "no sé cómo qué". Un "hemos venido a jugar". Un dejarse llevar. Un dejarse quedar.
Esa tarde de octubre, bajo una lluvia repentina, por fin, (nos) entendimos.
Son mil cosas. Cientos de opciones. Decenas de decisiones. Pequeñas. O grandes. Nuestras locuras. Esas que nos hacen ser así. Locos. Pero felices.
Todos estamos locos. A unos se les(nos) nota más. Y a otros se les(nos) nota menos. Cada uno que se coloque en el bando en el que mejor encaje.
Pero, ¿qué es es estar loco?
En Chile, loco es un molusco de carne comestible, pero dura, que se come guisado. En otros países latinoamericanos también se utiliza, en femenino, para hablar de una mujer que mantiene relaciones con varios hombres pero ninguna estable. Estas definiciones no nos valen para el tema en cuestión. Pero vienen bien como culturilla general.
Centrándonos en esa conversación, de esa tarde en un parque otoñal, rodeadas de hojas marrones y amarillas que cubrían el suelo, buscamos en la RAE las acepciones que podrían englobar a la mayoría de los mortales:
1. Que ha perdido la razón.
2. De poco juicio, disparatado e imprudente.
3. Dicho de una persona: entusiasmada o muy contenta. Loco de alegría.
4. Que siente gran amor o afición por alguien o algo. Está loca por Juan.
Venga, vale. Sí. Todos estamos locos. De una manera o de otra. Hacemos cosas sin pensar. Nos dejamos llevar. No siempre, pero alguna vez... ¿quién no ha hecho una locura?
Recordamos conversaciones pasadas. Hechos memorables. Y otros no tanto. Cosas confesables. Y otras inconfesables. Historias propias. E historias contadas. Nuestros recuerdos. Y los de los demás. Nuestras locuras. Y las de los otros. Hechos planeados. O repentizados.
Un viaje. Una salida nocturna. Una carrera. Un paseo. Una montaña. Unas cañas. Un "de perdidos al río". Un "no sé cómo qué". Un "hemos venido a jugar". Un dejarse llevar. Un dejarse quedar.
Esa tarde de octubre, bajo una lluvia repentina, por fin, (nos) entendimos.
Son mil cosas. Cientos de opciones. Decenas de decisiones. Pequeñas. O grandes. Nuestras locuras. Esas que nos hacen ser así. Locos. Pero felices.
martes, 9 de octubre de 2018
Intensa como la calima
Esos días en los que te pones a pensar, algo que no pasa a menudo, y decides buscar el significado de la palabra con la que la definirías: intensa.
Según la RAE, intenso tiene dos acepciones:
1. Que tiene intensidad
2. Muy vehemente y vivo
Vale. Con estas dos acepciones me quedaría con la segunda, porque viva está... pero el adjetivo que la define es más 'que tiene intensidad'. Así que entramos en un bucle infinito... o no.
Intensidad: grado de fuerza con que se manifiesta un agente natural, una magnitud física, una cualidad, una expresión, etc.
En este punto, creo que la intensidad es alta. Mirando alrededor percibes la calima (polvo o arena en suspensión cuya densidad dificulta la visibilidad), esa neblina que la persigue allí donde va.
Darlo todo siempre. Boca más rápida que las ideas. Primaria. Mente en continuo movimiento. Planes constantes. Intensa. Desde chica. Y hasta ahora. Y no tiene pinta de cambiar. Solo sé que hay que quererla como es. Que no es poco.
Según la RAE, intenso tiene dos acepciones:
1. Que tiene intensidad
2. Muy vehemente y vivo
Vale. Con estas dos acepciones me quedaría con la segunda, porque viva está... pero el adjetivo que la define es más 'que tiene intensidad'. Así que entramos en un bucle infinito... o no.
Intensidad: grado de fuerza con que se manifiesta un agente natural, una magnitud física, una cualidad, una expresión, etc.
En este punto, creo que la intensidad es alta. Mirando alrededor percibes la calima (polvo o arena en suspensión cuya densidad dificulta la visibilidad), esa neblina que la persigue allí donde va.
Darlo todo siempre. Boca más rápida que las ideas. Primaria. Mente en continuo movimiento. Planes constantes. Intensa. Desde chica. Y hasta ahora. Y no tiene pinta de cambiar. Solo sé que hay que quererla como es. Que no es poco.
viernes, 21 de septiembre de 2018
À la prochaine, Lomé
Pensándolo fríamente, creo que sí. Lo era. Era una
necesidad. Un ansia viva que me corroía por dentro, de siempre. Y llegó el
momento de hacerlo. En abril decidí que iba a dedicar tres semanas del verano
enteramente a unos niños (no sabía que tan pequeños, confieso). Y ahí empezaron
los preparativos: dónde ir, en qué idioma hablar, con quién iba a ir… Y me tiré
a la piscina: a Togo, hablando en francés y sola. ¿Qué podía salir mal? Aparte
de la segunda dosis de la vacuna de la rabia, claro.
Vuelos, vacunas (ya os he adelantado una de ellas), ropa,
recogida de material para los niños, botiquín… y muchas ganas. La verdad es que
no hace falta mucho para irte para allá. Ahora lo sé. Cuatro camisetas, tres
pantalones y dos pares de zapatillas. Con eso salvas, tranquilamente, tres
semanas. Y si te pones tonto te traes unos pantalones y una camiseta sin poner J Nota mental: mejor ropa estampada que se ven
menos los manchurrones.
El 26 de julio me fui para allá. Creo que no estaba muy
nerviosa. O puede que sí. La verdad es que no lo recuerdo. Llegué a Accra,
capital de Ghana, de madrugada. ¡Estaba en África! El coche era de aquella
manera, el hostel donde me quedaba era raro, no podía beber agua del grifo y me
moría de sed… ¡Y resulta que Accra es Europa comparado con Togo!
Blablacar para ir a Togo, pasar la frontera a Lomé, empezar
a hablar en francés… ¡Se me cruzaron los cables! No sabía si entendía, si no
entendía… y ahí empezó todo. Eso era África. Lo que había ido a conocer. La experiencia
desde cero. Sin contacto con nadie no togolés. La aventura. Esa con la que
había soñado tanto tiempo.
A los dos días fui a conocer el orfanato, a mis niños, a esos
con los que pasé tan buenos ratos Y otros más complicados. Ese orfanato que está un poco manga por hombro
en el que se pueden hacer taaaantas cosas. Ese lugar en el que aprendí (¿o
quizá recordé?) que lo más valioso que tenemos es el tiempo. Que muchas veces
solo tenemos que dárselo a los demás para ser felices, ellos y nosotros. Ahí corroboré
la frase del jefe de una aldea a unas dos horas de Lomé: ‘Vosotros tenéis la
hora, nosotros tenemos el tiempo’. ¡Qué gran verdad!
Cuando fui era escéptica con todo lo que me habían contado
de la experiencia, de las emociones. No creía que fuera verdad. Yo era más fría
que todos los que habían estado antes. Error de bulto. Las emociones,
sentimientos, relaciones, amistades… todo lo que haces allí, es otra realidad. Es
la realidad africana. Hace algo más de un mes que volví y sigo pensando todo aquello. En mi vida allí. En mi realidad africana. En mis
niños. Sigo pensando en mi Wanda. Y para hacerlo más llevadero, tengo sus fotos
por casa.
Todo es diferente. Tanto que en algún momento sí echaba de
menos a alguien no africano para compartir mis experiencias, para saber si mi
comprensión era limitada o es que no tenía sentido para un yobo. La cultura, la
manera de vivir… no podría enumerar todo. Algo se queda en el tintero, seguro.
Los niños, cómo trabajan en casa, el papel de la mujer, la
comida (no solo los ingredientes, desde la preparación hasta el comer, con la
mano, a la falta de sobremesa… todo), la higiene, las conversaciones, el viajar
en moto sin casco, el hecho de que su movimiento de muñeca sea contrario al
nuestro, cómo les aguantan las trenzas y a mí se me caían, cómo no son
cariñosos, cómo no se acarician sino que se aprietan, cómo no dan besos, cómo
beben cerveza togolesa de 600ml, cómo comparten la (poca) comida que tienen,
cómo les gusta que muevas la nariz (porque ellos no pueden hacerlo), cómo te
miran por la calle y cómo te piden matrimonio por ser una blanquita que pasea,
cómo te puedes duchar con cubos y estás igual de limpito, cómo puedes lavarte
los dientes con agua embotellada en un patio, cómo puedes vivir sin espejo un
mes y sobrevivir (las fotos ya dicen cuándo ibas con barro en la cara), cómo el
ir con manchas pierde importancia y cómo puedes vivir sin nada y sin necesitar
nada.
Siempre he sido un poco cabra. Asilvestrada un poco también.
Y allí lo he sido más todavía. Ha sido una de las mejores experiencias de mi
vida, si no la mejor. Desde que llegué. Pensar al cabo de tres días que me
quedaban tres semanas y que parecía que llevaba dos meses. Conocer a la gente
de allí, sus costumbres, sus ideas, sus reflexiones. Abrir la mente y empaparme
de todo lo que pudiera. Aprender de las cosas no tan buenas, que también las
hay. Conocer a gente maravillosa. Aprender a eliminar tabús. Dejarme sorprender
cada día. Ver. Observar. Disfrutar. Compartir. Vivir. Entender. Pensar en
cuándo volver. Y querer volver. Merci. Gracias por tanto. C’est l’Afrique.
jueves, 19 de julio de 2018
Dulces sueños de gominola
Regalices rojos, fresas y tiburones. Ella pasó su infancia dedicándose
al noble arte de degustar gominolas. Daba igual cuándo y cómo, si era un finde
o era un cumpleaños. Y él siempre estaba allí, guardándole las que más le
gustaban. Llenándole bolsas y bolsas de sueños dulces.
Hoy, años después, se acuerda de todas esas cosas. De las tardes de domingo en la tienda. De las visitas a su casa, de pequeña y de mayor. De las llamadas por cumpleaños. O de las llamadas porque sí. De las gominolas. Esas que le acompañaron de pequeña y que todavía le ayudan a alegrar un día triste.
Chupachups, gominolas con azúcar o jamones. Había siempre de
todas las formas, colores y tamaños. Valían tanto para arreglar un mal día como
para endulzar uno bueno. Si estabas triste, las comías llorando. Y, si estabas
contento, las engullías sonriendo.
Bolsas transparentes o de colores. Cajas. Cestas. O en la
mano.
La tienda de gominolas. La tienda de chuches. Más grande o más
pequeña. Daba igual. Era su tienda.
Ella, de pequeña, tenía la duda de con quién viviría si a
sus padres les pasaba algo. ¿Viviría con su madrina que tenía una casa con
gominolas? ¿O viviría con él, su padrino, que tenía la tienda de gominolas?
Preocupaciones de la infancia. Elecciones que, por suerte, nunca tuvo que
tomar.
Hoy, años después, se acuerda de todas esas cosas. De las tardes de domingo en la tienda. De las visitas a su casa, de pequeña y de mayor. De las llamadas por cumpleaños. O de las llamadas porque sí. De las gominolas. Esas que le acompañaron de pequeña y que todavía le ayudan a alegrar un día triste.
Regalices, bolas de azúcar, fresas... Siempre le gustaron
más las de color rojo. Y él lo sabía, pero le daba de todos los colores para
que conociese nuevos sabores.
Ella sabe que su afición, o adicción, creció esas tardes en
la frontera. Con esas bolsas pequeñas o grandes llenas de sueños dulces. Por
esos subidones de azúcar. Por ese cariño que notaba con cada mordisco. Por ese
padrino que un día su padre eligió poner en su camino.
Gracias por tanto. Gracias por todo. Gracias por
endulzar(nos) la vida. Siempre. Hasta sin tienda.
jueves, 12 de julio de 2018
Observaciones nocturnas
Las luces iluminan las calles, húmedas. Una farola se refleja en un charco. Una persona camina rápido, mirando al suelo, hacia algún lugar. Se oye un ruido lejano de un motor.
Caminamos. Se siente el viento, del sur, que nos despeina el pelo.
Un niño pasa a nuestro lado comiendo un gran helado de cucurucho. Vemos una lagartija cruzar la acera.
La luz de las farolas cambia de color según giramos la calle. De blanco a naranja. Luz de monumento. Luz de pueblo.
Un pájaro aterriza, coge unas migajas y alza el vuelo de nuevo.
Seguimos andando, observando a nuestro alrededor.
Ventanas iluminadas. Persianas subidas. Persianas bajadas.
Un beso furtivo en una esquina. Una caricia robada en un pequeño giro de manos. Una mirada esquiva.
Cambia el aire. Se oye la brisa. La calle sigue mojada y nosotros caminando por ella. Aprovechando la noche. Observando(nos). Sonriendo(nos). Mirando(nos). Aprendiendo(nos). Conociendo(nos).
Las luces continúan iluminando nuestros pasos, hacia ninguna parte. La noche nos lleva hacia su final. Hacia un amanecer anaranjado y luminoso donde empezará otro día. Nuestro día.
Caminamos. Se siente el viento, del sur, que nos despeina el pelo.
Un niño pasa a nuestro lado comiendo un gran helado de cucurucho. Vemos una lagartija cruzar la acera.
La luz de las farolas cambia de color según giramos la calle. De blanco a naranja. Luz de monumento. Luz de pueblo.
Un pájaro aterriza, coge unas migajas y alza el vuelo de nuevo.
Seguimos andando, observando a nuestro alrededor.
Ventanas iluminadas. Persianas subidas. Persianas bajadas.
Un beso furtivo en una esquina. Una caricia robada en un pequeño giro de manos. Una mirada esquiva.
Cambia el aire. Se oye la brisa. La calle sigue mojada y nosotros caminando por ella. Aprovechando la noche. Observando(nos). Sonriendo(nos). Mirando(nos). Aprendiendo(nos). Conociendo(nos).
Las luces continúan iluminando nuestros pasos, hacia ninguna parte. La noche nos lleva hacia su final. Hacia un amanecer anaranjado y luminoso donde empezará otro día. Nuestro día.
miércoles, 4 de julio de 2018
¡Sois mis Charritas!
Y se lo conté. Tenía mucha curiosidad, le hacía ilusión y no pude evitarlo. Le relaté cómo fue todo.
"Era finales de invierno, o principios de la primavera, no lo recuerdo. Las conocí en una calle, esperando para entrar a un bar, en el bar en el que más tarde echaríamos horas y horas jugando al remy y tomando cafeses. Y ahí empezó todo.
Tardes de parques. Mañanas de instituto. Horas al teléfono. Litros en el Neuchatel. Noches en Jesuitas. Bailes en Plutos. Y después en La Hacienda. Caminos de la vergüenza. Confidencias. Chistes. Risas. Abrazos. Viajes a Carnavales. Findes rurales. Amigos. Amigas. Amores. Desamores. Viajes madrileños. Salidas nocturnas. Whatsapps. Lloros. Más horas al teléfono. Confianzas. Conversaciones sin sentido. Más bailes. Pisos de alquiler. Besos. Paseos. Viajes. Conversaciones de princesas. Cervezas. Visitas. Muchas risas. Mucha tontería.
Todo esto, y más cosas, surgieron a partir de ese encuentro en esa calle. Se forjaron en ese bar jugando al remy y en mil situaciones más. Y, años después, siguen siendo mis amigas. Da igual lo que pase. Dónde vivamos. Mallorca, Guada, Salamanca, Madrid... nos da lo mismo. Lo que unió Charrilandia, no lo rompe nadie. Ampliando la familia. O siguiendo como estábamos. Porque somos Charritas y Olé".
Así ella entendió por qué nos queríamos tanto. Por qué nos reíamos tanto y por qué queríamos vernos. Porque somos Charritas. Y, está muy bien serlo en la distancia, pero en las distancias cortas, ganamos, ¡con bebé jefazo incluido! :)
"Era finales de invierno, o principios de la primavera, no lo recuerdo. Las conocí en una calle, esperando para entrar a un bar, en el bar en el que más tarde echaríamos horas y horas jugando al remy y tomando cafeses. Y ahí empezó todo.
Tardes de parques. Mañanas de instituto. Horas al teléfono. Litros en el Neuchatel. Noches en Jesuitas. Bailes en Plutos. Y después en La Hacienda. Caminos de la vergüenza. Confidencias. Chistes. Risas. Abrazos. Viajes a Carnavales. Findes rurales. Amigos. Amigas. Amores. Desamores. Viajes madrileños. Salidas nocturnas. Whatsapps. Lloros. Más horas al teléfono. Confianzas. Conversaciones sin sentido. Más bailes. Pisos de alquiler. Besos. Paseos. Viajes. Conversaciones de princesas. Cervezas. Visitas. Muchas risas. Mucha tontería.
Todo esto, y más cosas, surgieron a partir de ese encuentro en esa calle. Se forjaron en ese bar jugando al remy y en mil situaciones más. Y, años después, siguen siendo mis amigas. Da igual lo que pase. Dónde vivamos. Mallorca, Guada, Salamanca, Madrid... nos da lo mismo. Lo que unió Charrilandia, no lo rompe nadie. Ampliando la familia. O siguiendo como estábamos. Porque somos Charritas y Olé".
Así ella entendió por qué nos queríamos tanto. Por qué nos reíamos tanto y por qué queríamos vernos. Porque somos Charritas. Y, está muy bien serlo en la distancia, pero en las distancias cortas, ganamos, ¡con bebé jefazo incluido! :)
viernes, 29 de junio de 2018
Con la raja de su falda
Volvía de dar un paseo y me la encontré. Colgada como un saco de patatas enganchada por la falda en la valla del jardín y la cara a medio metro de partírsela contra el suelo. Me vio y sonrió: "¡Abuelito!"
Me acerqué intentando transmitir tranquilidad para que no se moviera mucho y no terminara de caerse pero ella estaba tan pichi colgando. "¿Me ayudas, porfitas? No puedo soltarme. Me subí por dentro, por los rosales, e intenté dar un salto muy grande desde la columna a la acera pero no me acordaba de la falda y llevo un rato colgando y me quiero ir a jugar".
La sujeté y la descolgué. En cuanto puso los pies en el suelo salió corriendo y se fue a la parte de atrás, desde donde se oían los gritos de sus amigos que estaban jugando al fútbol.
Siempre fue un poco descerebrada. Intrépida y sin miedo. Y espero que siga siendo así aunque ya no esté con ella. Que se atreva con todo pero que sepa poner las manos si va a caerse de morros. Que siga siendo mi pequeña ratoncita que corría enseñando el culo después de rajarse la falda por saltar desde donde no debía. Que siga sin tener miedo a nada. Y, sí lo tiene, que haga las cosas con miedo. Porque entonces, además, será valiente. Una ratoncita valiente.
Me acerqué intentando transmitir tranquilidad para que no se moviera mucho y no terminara de caerse pero ella estaba tan pichi colgando. "¿Me ayudas, porfitas? No puedo soltarme. Me subí por dentro, por los rosales, e intenté dar un salto muy grande desde la columna a la acera pero no me acordaba de la falda y llevo un rato colgando y me quiero ir a jugar".
La sujeté y la descolgué. En cuanto puso los pies en el suelo salió corriendo y se fue a la parte de atrás, desde donde se oían los gritos de sus amigos que estaban jugando al fútbol.
Siempre fue un poco descerebrada. Intrépida y sin miedo. Y espero que siga siendo así aunque ya no esté con ella. Que se atreva con todo pero que sepa poner las manos si va a caerse de morros. Que siga siendo mi pequeña ratoncita que corría enseñando el culo después de rajarse la falda por saltar desde donde no debía. Que siga sin tener miedo a nada. Y, sí lo tiene, que haga las cosas con miedo. Porque entonces, además, será valiente. Una ratoncita valiente.
"Casi todo lo difícil es lo que más merece la pena"
lunes, 25 de junio de 2018
EL viaje de fin de curso
Era la primera vez que viajaba sola. Tenía 18 años recién
cumplidos y era EL viaje. Acabábamos de terminar el instituto y nos esperaba el
último verano sin hacer nada. Pasábamos del colegio a la universidad. Teníamos tres
meses por delante para disfrutar después de los agobios de los cuatro últimos
años: BUP y COU, la selectividad, las decisiones de qué queríamos ser de
mayores, las primeras salidas nocturnas, los problemas de la adolescencia, la
presión de la responsabilidad, los exámenes...
Pero esto había acabado. Aquel 24 de junio comenzaba nuestro
verano.
Habíamos quedado a las 6.30 en la estación de autobuses para
emprender la aventura. 8 o 9 horas de autobús no eran nada para lo que nos
esperaba.
Hasta Ávila muchos fuimos durmiendo. Los que aguantaron
despiertos se contaban la vida de los últimos dos días y también aprovechaban para hacer alguna foto a los que estaban con la boca abierta y la baba cayendo
por la comisura de los labios. Alguno daba cabezazos sobre un cojín pequeño que
había metido en la mochila y otros escuchaban los últimos éxitos en el walkman.
Pero, al hacer la parada abulense, todo cambió. Ninguno siguió durmiendo y
empezamos a disfrutar de nuestro viaje. Nos colocamos de la manera más parecida a un círculo que nos
permitían los asientos y comenzamos.
Hicimos un recorrido a través del tiempo, de nuestra
historia. Cuatro años de amigos del colegio, de anécdotas de clase, de amoríos
entre compañeros, de vueltas a casa a mediodía, de salidas nocturnas y de
paseos por el parque. Cuando ya no se nos ocurrían más anécdotas, jugamos a la
botella y al conejo de la suerte. Juegos de colegio en un autobús, donde daba
más emoción.
Cantamos. Cantamos y mucho. No solo canciones de la época,
también del pasado: canciones de campamento, canciones de los 80 y alguna que
nos acordábamos de principios de los 90. Y volvimos a jugar: beso, verdad o
atrevimiento. Y recordamos más anécdotas de esos años. Nos reímos de las
chorradas. Y lloramos porque todo se hubiera acabado. Porque cada uno íbamos a
estudiar una carrera y nos íbamos a separar. Pero al momento nos daba igual.
En las paradas hasta llegar a Benidorm bajábamos y
saltábamos agarrados como una piña, y volvíamos a reír. Y subíamos de nuevo,
continuando nuestra aventura. Y, sin darnos cuenta, el autobús se detuvo, en su
última parada del viaje. Salamanca - Benidorm.
Nos esperaban 7 días de vacaciones. Solos. Sin padres. Sin
preocupaciones. Sin estudios. Sin responsabilidades. 7 días de los 3 meses que
nos quedaban por delante.
Ese viaje, que comenzó en autobús, continuaba en tierra
firme. Sin ruedas. Sin movimiento. Pero seguía. Hasta que, en 168 horas,
cogiéramos el bus de vuelta. 168 horas para nosotros. Lo que pasara en
Benidorm, se quedaría en Benidorm. Y en el habitáculo del bus a Salamanca
donde, seguro, recordaríamos todos los detalles de ese primer viaje. De NUESTRO
viaje.
martes, 12 de junio de 2018
¿Por dónde empezar a buscar?
Cuando tenía catorce años quería jugar
y cuando cumplía quince quería molar.
Con dieciocho quería poder votar
y a los diecenueve conducir para poder viajar.
A los veinte mi objetivo era salir
y a los veintiuno solo me quería divertir.
Llegué a la treintena y quería un trabajo para vivir
y a los cuarenta buscaba tener tiempo para mí.
A los cincuenta buscaba entretenerme
y a los sesenta solo pensaba en jubilarme.
A los setenta mis nietos eran mi predilección
y a los ochenta quería que mis hijos me prestarán atención.
Ahora con noventa me doy cuenta de que siempre estuve buscando. Si pudiera cambiar algo, sería eso: me centraría en buscar bien. Buscaría dentro, dentro mí, porque ahí estaba todo. Eso me habría permitido disfrutar (más y mejor) de lo que tenía fuera.
"La vida está hecha de esos pequeños momentos que hacen que disfrutemos:
la familia, los amigos, una flor, o muchas margaritas, una cena, una sonrisa, un paseo bajo la luz de la luna, una caricia, un abrazo, una mirada... Y todo eso solo lo podemos apreciar si miramos desde el corazón".
y cuando cumplía quince quería molar.
Con dieciocho quería poder votar
y a los diecenueve conducir para poder viajar.
A los veinte mi objetivo era salir
y a los veintiuno solo me quería divertir.
Llegué a la treintena y quería un trabajo para vivir
y a los cuarenta buscaba tener tiempo para mí.
A los cincuenta buscaba entretenerme
y a los sesenta solo pensaba en jubilarme.
A los setenta mis nietos eran mi predilección
y a los ochenta quería que mis hijos me prestarán atención.
Ahora con noventa me doy cuenta de que siempre estuve buscando. Si pudiera cambiar algo, sería eso: me centraría en buscar bien. Buscaría dentro, dentro mí, porque ahí estaba todo. Eso me habría permitido disfrutar (más y mejor) de lo que tenía fuera.
"La vida está hecha de esos pequeños momentos que hacen que disfrutemos:
la familia, los amigos, una flor, o muchas margaritas, una cena, una sonrisa, un paseo bajo la luz de la luna, una caricia, un abrazo, una mirada... Y todo eso solo lo podemos apreciar si miramos desde el corazón".
#SabiduriaAbuelil
jueves, 31 de mayo de 2018
Mi abuelo si que sabe
Os he hablado de mi abuelo muchas veces. Era una persona especial. Muchas cosas me recuerdan a él: los dientes de león, el manzano, un beso espachurrado en la mejilla, la señal de la cruz, un vasito de vino a la hora de cenar, una mirada amorosa, una mano con las venas marcadas...
Y muchas veces las situaciones me llevan a él. A su memoria. Y cojo esa notita que me dejó, una vez, escondida debajo de la almohada.
"Ratita, no te olvides nunca de quién eres. Ayuda a los demás en todo lo que puedas. Ten una sonrisa en la cara. Pero ten siempre esta máxima en la mente: hay que ser hermano pero no primo".
Y ahí estamos. Leyéndole. Y recordándole.
Y muchas veces las situaciones me llevan a él. A su memoria. Y cojo esa notita que me dejó, una vez, escondida debajo de la almohada.
"Ratita, no te olvides nunca de quién eres. Ayuda a los demás en todo lo que puedas. Ten una sonrisa en la cara. Pero ten siempre esta máxima en la mente: hay que ser hermano pero no primo".
Y ahí estamos. Leyéndole. Y recordándole.
#SabiduriaAbuelil
martes, 15 de mayo de 2018
Aire pedrizo
Respirar. Aire puro.
Inspirar por la nariz. Hinchar los pulmones. Oler. Espirar.
Observar.
El azul del cielo. El blanco de las últimas nieves. El verde de los pinos y las escobas. El gris de la piedra.
Inspirar.
Sentir.
Mirar.
Pensar.
Soñar.
Espirar.
Inspirar.
Observar.
Meditar.
Disfrutar.
Felicear.
Espirar.
Vivir.
Pequeños placeres. Mucha vida.
Inspirar por la nariz. Hinchar los pulmones. Oler. Espirar.
Observar.
El azul del cielo. El blanco de las últimas nieves. El verde de los pinos y las escobas. El gris de la piedra.
Inspirar.
Sentir.
Mirar.
Pensar.
Soñar.
Espirar.
Inspirar.
Observar.
Meditar.
Disfrutar.
Felicear.
Espirar.
Vivir.
Pequeños placeres. Mucha vida.
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